Doris Lessing -iraní de nacimiento, británica de nacionalidad, Nobel de Literatura 2007, fallecida en 2013- es la autora de La grieta, un relato extraño en el que un patricio romano narra la historia de una manada de hembras -no focas, mujeres- que tendidas en una playa escarpada gastan los días, ignoran la existencia de los hombres y son fecundadas por la luna. Hasta que… (Qué libro tan aburridor, al menos para mí lo fue).
Lo recordé porque el título me fascina. Siempre, en todas partes y en cualquier contexto ha habido, hay y habrá una grieta. (O varias). En Colombia, muchas; unas más abiertas que otras, unas más profundas que otras. La más peligrosa hoy día: la de la política. No por nueva, sí porque nunca como ahora -hablo de épocas recientes- había sido tan determinante.
Gracias a un gobernante y su cuadrilla que llevan cuatro años echando pala, La Grieta -así con G mayúscula- se ha convertido en un desbarrancadero que amenaza a la edificación completa, por cuenta de que sus cimientos son escasos y movedizos. (Nuestra cultura política brilla por su ausencia). Aquí el clientelismo, el manzanillismo, el populismo, las campañas, las predicciones, las encuestas y sondeos abonan el terreno para que pase lo que está pasando. Ya la jornada electoral no se celebra; se padece.
En reciente entrevista con El Tiempo, el doctor en Psicología Social, Andrés Casas, entre otras cosas dijo: “La gente cree que se informa cuando lee redes sociales, pero se aísla; entra en un modo de comportamiento reptiliano: la amígdala del cerebro toma el control y dice: tengo que defender a estas pocas personas y a estos pocos valores… Cuando a un grupo se le ponen camisetas de un color y a otro, de otro, la confianza y la humanidad se vuelven valor solo para el grupo que tiene una de esas camisetas…”. Crece La Grieta.
La primera vuelta dejó en evidencia que los colombianos no sabemos concertar, no sabemos conciliar, no sabemos cooperar, no sabemos conversar. (Estamos agrietados). Solo entendemos el lenguaje del miedo, de las amenazas, de la iracundia; la prueba está en que sepultamos al centro. Empezando por el presidente que, desatado y fungiendo de jefe de debate del candidato que le prometió un homenaje nacional, trina lo que sea con tal de aplicar el principio divide-y-vencerás. Gritando un fraude que nunca fue se ahoga con sus propias palabras y obliga a que la gente, incluso sin darse cuenta, salte de la convicción al fundamentalismo y ensanche La Grieta.
El discurso de los dos candidatos que pasaron a segunda vuelta, lejos de tranquilizar al electorado no militante, lo dejaron patidifuso con el grado de confrontación que se avecina. Muchos confiesan en los corrillos, no-para-sostener, que su próximo voto será vergonzante, porque-no-hay-de-otra. Y que lo harán, más que por el candidato que no usa medias, por su fórmula vicepresidencial que, gracias a su formación, experiencia y ponderación, genera confiabilidad para salvaguardar la democracia.
ETCÉTERA: Uno de los candidatos dista mucho de ser el cielo, pero el otro dista poco de ser el infierno. (Se lo escuché a un estudiante en una cafetería universitaria). En todo caso, ¡a votar el 21! No se puede confundir el centro con la neutralidad, hay que achicar La Grieta.




