Recuerdo que entró al salón de clase y comenzó a prender y a apagar la luz. Todas nos quedamos mirando qué era lo que hacía. Luego arrancó a caminar, a hablar del sol y a perseguir sus rayitos en el piso y las paredes, a contar historias de las cavernas y a conectarlas con la verdad y las ideas. El interruptor de energía le sirvió de cómplice para enganchar con Platón a las más de 40 adolescentes insoportables que esperaban con desgano la clase de filosofía.
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Estoy segura de que muchas personas tenemos historias similares con quienes guiaron nuestras primeras aventuras en esa a la que David y Octavio llaman la matemática de las palabras en el podcast Urbi Et Orbi: la filosofía. Seguro a todos los llamamos locos por sembrarnos la inquietud, por decirnos que las verdades definitivas no existían. Se convirtieron entonces en los profes favoritos de aquellas personas a las que los ojos cerrados nos incomodaban, a esas mismas que con el tiempo nos han tildado de salvajes y feroces, aquellas que nacimos para objetar lo objetivo.
He pensado mucho en mis profesores de filosofía durante las últimas semanas. Según una publicación de The Economist, la cual con maestría tituló: “Olvídate de Python, estudia a Platón” y que se ha hecho popular en internet por una de sus gráficas, los campos más expuestos a la tecnología son los más amenazados del mercado laboral. Hablamos de las ciencias de la computación, de los ingenieros eléctricos y espaciales. Ubica, con algo de sorpresa para muchos a los que por años han intentado convencernos de que “lo social no sirve para nada”, a la filosofía como uno de los campos con menor exposición. También está la psicología y, para continuar con los sobresaltos arrebatados del corazón, a los periodistas les va mejor que a los comunicadores. Todavía dudo si decir “nos”.
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En un mundo donde todo puede o es susceptible de ser automatizado, los filósofos y las carreras que nos invitan a tejer con la paciencia de los artesanos, también la artesanía, nos recuerdan y reivindican lo profundamente humano.
¿Qué tanto estamos enseñando filosofía en los colegios? ¿Qué papel tienen las preguntas por el ser, la procedencia y el futuro en las aulas de clase? ¿Con qué frecuencia se habla en profesiones como la administración o la ingeniería de filosofía, empresa y producción? ¿Cada cuánto nuestras conversaciones visitan temas como el amor, el trabajo o la felicidad? ¿Qué rol juegan los profesores de filosofía en los eventos de ciudad?
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Tal vez la educación del futuro no atraviesa solo la pregunta por formar en competencias para la IA, como cree una buena parte de las personas… tal vez en el asomo casi imperceptible de la filosofía sea donde volvamos a encontrar las verdaderas apuestas por una mejor humanidad, una donde la sumisión y el silencio no sean el único camino, donde el poder sea cuestionado y la movilidad libre del pensamiento, una obligación moral. Una donde los profesores de filosofía sean héroes que solo apagan y prenden la luz.





