A Stella Durango le encanta practicar lo que bien llama “conversar con un propósito”. Con su voz cálida y segura, mirando el mundo detrás de sus omnipresentes anteojos, lleva más de 60 años tejiendo las redes de solidaridad que le han permitido, entre otras cosas, enseñar los entresijos de la buena costura y contagiar a muchos de su genuino entusiasmo por encontrar siempre oportunidades para servir.
El mes entrante cumplirá 92 años, 67 de los cuales los ha vivido en Manila (“cuando todo esto eran mangas; hasta el edificio donde vivo”), barrio al que llegó como una joven madre de cinco hijos a quienes debía levantar, al poco tiempo y luego de un malogrado matrimonio, sin más herramientas que un primero de bachillerato, algunos años de experiencia en una textilera y los rudimentos en costura recibidos en colegios de religiosas.
Con una dedicación tan inquebrantable como su fe católica, Stella encontró el tiempo y la sapiencia para aprovechar cada puerta que su bonhomía le iba abriendo. Pagaba con trabajo en las tardes, las clases de alta costura que otras señoras le daban en la mañana. Hacía encargos de costura a domicilio y por un breve lapso manejó un pequeño taller de costura.
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Laboró en una empresa de ropa interior femenina, certificó su competencia en alta costura en el SENA, sacó bachilleres y profesionales a todos sus hijos (dos viven en el exterior y una ya se jubiló como enfermera salubrista) y, entre lo uno y lo otro, no ha dejado de encontrar espacios para ayudar, principalmente, enseñando lo que sabe en costureros que montó por invitación de parroquias y órdenes religiosas.
El costurero del Club de Vida en Manila está en la calle 13 No. 43D – 45. Sus integrantes, lideradas por Stella Durango, se reúnen todos los miércoles en la tarde.
Con este bagaje, llegó en el año 2000 al Club de Vida San Lorenzo de Aburrá, en el mismo barrio Manila, y al poco tiempo tenía funcionando allí el costurero que aún hoy dirige. “Este es un compromiso social; en una época éramos 22 amigas, pero luego de la pandemia quedamos, fijas, unas cuatro, pero hay otras señoras que nos ayudan por fuera del club”.
Con ellas gestiona las donaciones de equipos y materiales que les van llegando (aquellas conversaciones con propósito). Cosen colchas de retazos y le dan vida nueva a “ropa con experiencia” que envían a zonas necesitadas, tanto en tiempos tranquilos como de tragedia natural. Varias cajas de ayudas han salido de estas manos femeninas, que también preparan otros primores.
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“Con los voluntarios en el Hospital General, les hacemos llegar unos ajuares de bebé que preparamos con mucho amor para las jovencitas que llegan allí a tener sus niños sin quién las acompañe, las espere o las ayude. No es digno que tengan que salir con sus bebés casi desnudos, envuelticos apenas en esas sábanas desechables azules que hay en los consultorios”, cuenta Stella sin querer mencionar cuántos ajuares han entregado ni cuántos tienen en inventario.
“Van con cobijita, colcha, sábana para cambio del bebé, camisita bordada, saquito y gorrito tejidos, un teterito y un solo pañalito desechable. No nos alcanza para más. Todo lo envolvemos en una bolsa de tul que nosotras cosemos”.
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