Este año no tuvo un comienzo fácil. Este año tuve que reemplazar la limpieza de escritorio que hago la primera semana de enero con dos estadías de mi mamá en la clínica por quebrantos de salud inesperados que nos movieron el piso. Enero y el inicio de febrero tuvo ese olor particular de las clínicas, noches durmiendo a medias y una hipervigilancia que apenas en estos días está empezando a bajar.
En ese cansancio que se combinaba con miedo, empecé a darme cuenta de algo que no era tan visible para mí: en las clínicas y los hospitales los médicos pasan, pero las enfermeras, ellas se quedan. Los médicos entran una vez al día cinco o diez minutos, revisan los exámenes y se van. No me malinterpreten, su trabajo es fundamental, pero después de esos diez minutos, en la cotidianidad de las habitaciones, con los dolores de madrugada y las angustias en cada revisión de signos vitales, quienes están ahí son ellas.
En nuestro caso, la enfermera jefe fue determinante. Más de una vez me sentó a su lado y me explicó con calma qué debíamos esperar, cuáles eran los signos de alerta, qué era parte del proceso y qué no. Antes del alta, las recomendaciones más útiles no fueron del cirujano ni de su residente, sino de la enfermera jefe. Pasó cerca de media hora conmigo repasando una por una las órdenes de egreso, enseñándome los cuidados de los primeros días en casa, anticipando escenarios, resolviendo preguntas que yo todavía no sabía que tenía.
No solo estaba pendiente de mi mamá. También estaba pendiente de mí.
Las enfermeras administran medicamentos, toman signos, bañan pacientes, limpian heridas. Pero también se encargan de hacer sentir linda a una paciente vanidosa que está estrenando pijama, le preguntan por sus gustos y la hacen sentir como en casa, traducen el lenguaje médico; en resumen, son un sostén emocional para familias enteras. Son quienes enfrentan lo impredecible: la paciente que no quiere colaborar, el familiar angustiado, el turno nocturno que parece no terminar.
Y, sin embargo, es una profesión que seguimos subvalorando.
En medio de la crisis del sistema de salud en Colombia (instituciones con dificultades financieras, pagos atrasados, medicamentos que no llegan a los pacientes) muchas enfermeras trabajan con salarios que no corresponden al nivel de responsabilidad que asumen. Cargan decisiones críticas, jornadas largas y una presión permanente, pero no siempre reciben estabilidad ni mucho menos reconocimiento.
Eso debería incomodarnos.
El cuidado no es algo sin importancia, el cuidado es estructural. Sin enfermeras, el sistema no funciona. Sin enfermeras, las indicaciones médicas no se ejecutan. Sin enfermeras, el paciente queda solo sin tener a quién acudir.
Escribo esto desde el agradecimiento más profundo y con lágrimas en los ojos. Gracias a las enfermeras en general, por elegir una profesión exigente, física y emocionalmente demandante. Y gracias, en particular, a las enfermeras de la Clínica de las Américas, por el cuidado respetuoso y constante con mi mamá. Por la claridad, las palabras de aliento, las sonrisas sinceras y las respuestas amorosas a las preguntas más absurdas.
Este comienzo de año me dejó una certeza: el sistema de salud no se sostiene solo con diagnósticos. Se sostiene con personas que permanecen.
Gracias, enfermeras. Por quedarse.





