Es increíble ver lo que está pasando en nuestra sociedad, nuevamente. La extrema delgadez regresó. No como un proceso de salud, sino como una moda, un trofeo y una forma de pertenecer. Hoy muchas mujeres están dispuestas a pagar el precio que sea por verse “más delgadas”, aunque ese precio sea su energía, su músculo, su metabolismo, su fertilidad y su salud mental.
Lo más preocupante es que todo esto se está vendiendo como wellness (bienestar).
Moléculas inyectables, dietas extremas, ayunos prolongados y “dietas que imitan al ayuno” se promueven sin prescripción, sin acompañamiento médico y sin conocer lo más importante: el terreno metabólico y hormonal de cada mujer, su momento de vida, su historia clínica y su estado nutricional.
La nutrición real es individualizada o no es nutrición. Se basa en tu estilo de vida, tu gasto calórico, tu ritmo deportivo, tu composición corporal y tu salud intestinal. Porque el cuerpo no es solo calorías: es microbiota, mitocondria, inflamación, neurotransmisores y hormonas conversando a cada instante. Mientras tanto, regresan trastornos de la conducta alimentaria que creíamos superados: anorexia, bulimia, vigorexia y ortorexia,
ahora disfrazados de vida fitness y disciplina. Lo que se esconde detrás de muchos cuerpos “perfectos” es desnutrición proteica, déficit energético y deficiencias de vitaminas y minerales esenciales. El costo no siempre se ve hoy. Lo veremos cuando llegue la perimenopausia, la menopausia, o cuando muchas mujeres quieran ser madres y no lo logren.
No se puede gestar vida desde un cuerpo en modo supervivencia.
Tal vez ya es hora de preguntarnos: ¿quién está dando consejos de salud en redes?, ¿quién responde por las consecuencias?, ¿qué ideal de belleza estamos alimentando? Y al final, la pregunta más importante no es cuánto peso bajaste. Es:





