Del pop al stop: cuando el cerebro aprende a cuidarnos

“Esto no es una invitación al descontrol, sino a salir del miedo. Vivir en restricción y culpa no vacía el tanque; solo altera el sistema que regula cuándo comer y cuándo parar”, dice Karina Contreras con su nueva columna.
Por: Opinión
27 diciembre, 2025
Karina Contreras
Por: Karina Contreras. Medica funcional, en proceso de certificación IFM, formada en Medicina y Cirugía de la Universidad de Antioquia. Con estudios de Medicina Ortomolecular, de la Universidad del Rosario; Homotoxicologia y Terapias Bioreguladoras, de la Universidad Javeriana; Microbiota, del Instituto Regenera, con enfoque holístico y abordaje psicoemocional.

“Quiero que sepas algo importante: lo que estás sintiendo es humano, válido y comprensible. Vivir con una enfermedad autoinmune activa no solo impacta el cuerpo, también cansa emocionalmente. Sostener una alimentación diferente, especialmente en contextos familiares, puede generar culpa, irritabilidad y una sensación de estar excluida, de no pertenecer. Eso no es debilidad, es agotamiento. Esto no es una dieta, es parte de tu tratamiento. No estás exagerando ni fallando. Estás cuidándote”.

Así comenzó el mensaje que le escribí a una paciente la semana pasada. Aunque llevaba meses sintiéndose mejor —menos inflamación, mejor digestión, menos dolor articular—, me confesó algo que veo con frecuencia en consulta: rabia consigo misma y culpa por no poder comer como todo el mundo. Tanto, que prefería pasar hambre o dejar de salir para no sentirse distinta.

Como médica funcional, he acompañado durante años a personas que desean cambiar hábitos para sanar. Y si hay un punto especialmente complejo, es el social. Mientras controlamos el entorno —cuando compramos con intención, cocinamos con tiempo y comemos antes de que llegue el hambre—, todo fluye mejor. El cerebro es simple: pide energía. Si está acostumbrado a fuentes rápidas como el azúcar, la grasa, la crocancia o los colores brillantes, eso es lo que buscará cuando esté cansado, sobrecargado o emocionalmente expuesto.

El reto aparece cuando salimos de ese control: reuniones, trabajo, amigos, días largos sin planificación. Allí el cerebro ya no quiere aprender; quiere disfrutar, pertenecer, hacer pop. Y cuando ese pop ocurre, suele venir después la culpa, el autosabotaje y la idea de castigo: ahora restrinjo, ahora no como nada, ahora me excedí. Ese vaivén no educa al cuerpo; lo desregula.

Diciembre intensifica todo. La época evoca familia, abrazos y comida abundante. Y aquí es clave entender qué pasa realmente en el organismo. La grasa corporal no es un enemigo; es un tejido inteligente. Podemos imaginar cada célula grasa como un tanque de gasolina. Su función es almacenar energía cuando hay más de la que usamos. Mientras el tanque se llena de forma gradual, no hay problema.

El conflicto aparece cuando, día tras día, ese tanque se sigue llenando sin pausa. La inflamación no ocurre por una comida, ni por dos, ni por un fin de semana. Para que una célula grasa llegue a “derramarse”, a enfermarse y a enviar señales inflamatorias al cuerpo, se necesitan semanas —incluso meses— de sobrecarga constante. Como un carro: no se daña por llenarlo una vez de más, sino por ignorar durante mucho tiempo que el tanque ya está rebosado.

Esto no es una invitación al descontrol, sino a salir del miedo. Vivir en restricción y culpa no vacía el tanque; solo altera el sistema que regula cuándo comer y cuándo parar. Y aquí viene algo importante: después de diciembre, llega enero. Y enero no necesita castigos; necesita equilibrio. Aplicar la regla del 80/20 —comer la mayor parte del tiempo de forma consciente y permitir espacios de disfrute— ayuda, restaura y ordena. Terminar de disfrutar también hace parte del equilibrio, porque desde ahí es mucho más fácil pasar del pop al stop desde la razón, la conciencia y el bienestar.

Ese sistema regulador se llama ponderostato, y se puede acompañar con acciones simples:

  1. Cero culpa: no corrige conductas; aumenta el estrés y la inflamación.
  2. Priorizar el vínculo: compartir libera dopamina y oxitocina, profundamente antiinflamatorias.
  3. Sol, agua y movimiento: luz en la mañana, un vaso de agua por cada copa, caminar unos minutos después de comer.
  4. Empezar por la proteína: no es prohibir el dulce, es el orden; la saciedad llega antes.
  5. Sumar grasas saludables: aguacate, aceite de oliva, nueces y semillas regulan la señal de saciedad.
  6. Agradecer: la gratitud llena vacíos que a veces intentamos calmar con comida.

Somos energía. Vibramos alto o bajo, y el cerebro, la mente y el organismo reciben constantemente esas señales. Intención, acción y emoción pueden servirnos para sanar o para aprender a través de la enfermedad.

Cuidarte no es un castigo ni una renuncia. No es para siempre; es para ahora. Y ahora tu cuerpo necesita coherencia, no culpa. Comer distinto no te hace exagerada ni complicada. Te hace responsable contigo. Y ese, muchas veces, es el acto de amor más profundo que podemos practicar.

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