Desde el primer día que entré al pregrado de periodismo de la Universidad de Antioquia me enseñaron a desconfiar. “La duda es el sexto sentido del periodista”, repetían los profesores citando al aclamado reportero polaco Ryszard Kapuściński.
Se les escapaban algunos detalles. Cuando Kapuściński escribía de la duda, en su libro Los cinco sentidos del periodista, no hablaba de desconfianza, hacía referencia a un rasgo que es esencial en un reportero y que le permite desentrañar contextos complejos, “no tragar entero”, diría mi mamá. Esa duda podía reemplazarse entonces por palabras como investigación profunda, autocrítica y contraste, así como los otros sentidos hacían alusión al “estar, ver, oír, compartir y pensar” y no a los que solemos conocer.
Lost in translation, tal vez… porque los periodistas, como las sociedades, necesitamos de la confianza para navegar las turbulentas aguas del mundo que habitamos. Nos sostiene la credibilidad. Sin embargo, esas palabras que repetían: “Hay que desconfiar de todo”, calaron en mí a tal punto que, con los años, he tenido que aprender a confiar. Hemingway solía decir:
“La mejor manera de saber si puedes confiar en alguien es confiando”.
En mi casa también me enseñaron a desconfiar desde muy niña. Del vecino, de la persona desconocida, de los mayores, de los menores, de las parejas que aún no tenía e incluso, aunque duela admitirlo, de la misma familia. “No le cuente a nadie de sus planes que luego no le salen”, es un agüero popular en nuestra tradición.
No culpo ni a mi mamá ni a mis profesores. Sé que en la casa me estaban cuidando y que en la universidad buscaban formar a una buena profesional; sin embargo, sí cuestiono algo: muy pocas personas me han enseñado a confiar. No soy la única. En Colombia, según la octava ola de la Encuesta Mundial de Valores, solo 4 de cada 100 personas confía en los demás. No confiamos en los gobiernos ni en las instituciones, lo cual es un impedimento para construir un proyecto común.
Una sociedad que desconfía es una sociedad más vulnerable. Según los estudiosos de la desinformación, a mayores niveles de desconfianza, más fácil creemos en información falsa y mayor alineación tenemos con nuestras ideas que, aunque valiosas, no son las únicas. Advierto que no ocurre solo en Colombia.
Hace poco la ONU nos alertaba sobre una “apatía” mundial en una de sus campañas. Confiar aparece entonces como uno de los verbos más importantes para 2026, un año donde los políticos intentarán minar ese sagrado vínculo que nos ha permitido avanzar como humanos. Les conviene que desconfiemos.
Cuando confiamos, aprendemos a solucionar conflictos, construimos relaciones duraderas, tomamos mejores decisiones, descansamos más, y, esto seguro ya nos lo ha dicho el terapeuta: confiamos más en nosotros mismos. En nuestras cartas de fin de año, demos un lugar a la confianza.
También en la lista de proyectos y si estamos planeando una revolución, incluyamos esta acción que podría ser nuestra última salvación: confiar.





