Colombia ya dio un paso decisivo hacia el futuro con el lanzamiento oficial de Bre-B, el sistema de pagos inmediatos del Banco de la República. Pero esto no fue solo un avance tecnológico. Fue una declaración política. Un mensaje claro de que el efectivo —aunque aún dominante— no puede seguir siendo la base de una economía que quiere ser más justa, transparente e inclusiva.
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Porque sí: el efectivo no es neutral.
El efectivo excluye. En los territorios donde no hay bancos, en las mujeres que no pueden salir de casa a hacer una fila, en los jóvenes que quieren emprender sin caja registradora, en los negocios informales que no pueden crecer porque no tienen trazabilidad. El efectivo también limita el acceso al crédito, porque donde no hay historial, no hay confianza. Y sin confianza, no hay capital.
El efectivo es costoso. No solo porque transportar, custodiar y administrar billetes y monedas tiene un precio alto para el Estado y para el sector privado, sino porque alimenta economías en la sombra. Mercados sin factura, sin control, sin garantías. Allí donde predomina el efectivo, la evasión fiscal encuentra terreno fértil.
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Y el efectivo es inseguro. No solo por el riesgo de robos o pérdidas, sino porque es difícil de rastrear, lo que lo convierte en un vehículo cómodo para actividades ilícitas: lavado de dinero, corrupción, informalidad forzada.
Por eso, insistir en la digitalización de los pagos no es solo una estrategia de modernización. Es una causa social.
Con Bre-B ya en funcionamiento, ahora el reto es lograr adopción. Porque digitalizar no es solo poner una app en el celular. Es enseñar a usarla. Es garantizar conectividad. Es generar confianza. Es lograr que la gente entienda que este cambio también es para ellos.
Aquí es donde la política pública, el sector privado y los gremios tenemos un rol fundamental. Desde acompañar a los negocios más pequeños, hasta diseñar incentivos para quienes den el salto digital. Desde campañas de educación financiera, hasta la reducción de costos asociados al uso de plataformas.
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Bre-B puede ser una herramienta poderosa para cerrar brechas, aumentar la eficiencia y transparentar la economía. Pero como toda herramienta, su impacto dependerá de cómo la usemos. El sistema ya está sobre la mesa. Ahora tenemos que hacerlo útil, confiable y accesible.
Tenemos que lograr que un vendedor ambulante en Cartagena, una emprendedora rural en Caquetá o una mipyme en el centro de Medellín usen Bre-B con la misma naturalidad con la que hoy usan el efectivo. Solo así lograremos una digitalización verdaderamente incluyente.
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La transición hacia una economía más digital no es un capricho. Es una apuesta por la inclusión, por la equidad y por el crecimiento sostenible. Porque al final, un país que se atreve a dejar atrás el efectivo no solo cambia la forma en que paga. Cambia la forma en que vive.





