Aníbal Gil (Don Matías – Antioquia, 1932) es una figura clave en la historia del arte regional y colombiano. En efecto, Aníbal Gil se constituye en una de las columnas fundamentales de esa historia pues, a la vez que asegura su fortaleza interna, contribuye a sostener el despliegue de otras fuerzas y procesos.
Por una parte, se fundamenta en una tradición artística que va más allá de la historia local. Autodidacta en sus orígenes, a partir de 1950 se convierte en alumno de Rafael Sáenz, en su taller particular y luego en el Instituto de Bellas Artes.
A través de Sáenz recibe también la influencia de Pedro Nel Gómez. Sin embargo, el vínculo esencial con la tradición del arte lo consolida durante su estadía en Florencia, Italia, entre 1954 y 1957. Sabe que, en su momento, debe prestar atención al arte francés y al mexicano: “ Italia es lo fundamental, lo que hay que ver primero y estudiar más tiempo”, según afirma en una nota de El Colombiano poco antes de su viaje.
La pintura más profunda del Renacimiento italiano, la de Giotto, Masaccio y Piero della Francesca, será el definitivo fundamento de su trabajo artístico durante toda la vida, y la base de su comprensión del arte y de la cultura que no es de inmovilismo sino de una reflexión intensa y serena, abierta a la transformación. Porque no puede olvidarse que el Renacimiento constituye una de las revoluciones más trascendentales de la historia artística y cultural de Occidente.
Esa conexión entre tradición y revolución se consolida en Aníbal Gil ante una gigantesca retrospectiva de Picasso que puede conocer en París, tal vez como la confirmación de una idea que se atribuye al poeta T. S. Elliot, según la cual nada es moderno que no sea auténticamente tradicional. Es decir, su fundamento en la tradición no es un punto de llegada, sino la base sólida de su apertura a la modernidad.
Cuando se piensa en Aníbal Gil, como si fuera un artista tradicional, se pasa por alto su intensa preocupación por penetrar en los problemas de la composición, que considera descuidados por los viejos maestros antioqueños junto a los cuales se formó. El afán de Aníbal Gil por la composición fue un proceso de reconocimiento de la autonomía del arte, definitivo para la afirmación de lo moderno y lo contemporáneo, en momentos en los cuales el arte colombiano se liberaba de los esquemas del nacionalismo. Y, sobre todo, es la conciencia de que el arte no es una repetición mimética de la realidad, sino una construcción que adquiere sentido en sí misma y que, a partir de su propia construcción, se vincula con la realidad y la cultura.
De la misma manera, no se hace justicia de su relación con el grabado afirmando que lo introdujo en Antioquia. En realidad, es mucho más que eso: lo inventó de la nada a partir de la creación de la prensa misma con base en una vieja máquina de panadería. Sin embargo, no se trata solo de reconocer su ingenio sino, sobre todo, de recordar que el grabado constituye una de las grandes revoluciones en el arte de la modernidad, cuando la obra maestra única, irrepetible e inaccesible para casi todo el mundo, da paso a una obra múltiple, no destinada en primera instancia al Museo sino hasta cierto punto popular y abierta. Y ese sentido de conexión directa con quien se enfrenta al arte impregna toda la obra de Aníbal Gil.
Maternidad, una acuarela de 2018, hace patente que la preocupación de Aníbal Gil va más allá de las apariencias de la realidad.
Aunque el tema es uno de los más frecuentes a lo largo de la historia del arte, la forma de desarrollarlo nos lleva a una conexión que, a diferencia de la tradicional, no está mediada por textos literarios ni religiosos. La madre y el hijo, que se ubican en primer plano y llenan todo el espacio sin ningún elemento adicional, se integran y su relación se intensifica por las líneas y formas envolventes que los convierte casi en una única realidad.
Sin embargo, parece insinuarse una cruz formada por los brazos de la madre y una zona vertical de elementos claros que, otra vez, enriquecen el sentido; y, como en tantas obras de la historia del arte, nos conducen, quizá, a recordar que el amor materno arropa al niño, pero no podrá evitar los dolores y dificultades de la vida.





