Este espacio que Vivir en El Poblado me abrió lo voy a aprovechar lo más posible, por el agradecimiento a abrirme a cada ser que decide abrir los textos que comparto, y también para abrirme, leerme, sentirme.
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La miseria humana es una canción de Lisandro Mesa que dura 10 minutos y 16 segundos. El mismo Mesa dijo, en una entrevista, que la canción sonaba en radio porque por la duración de la canción, era una excusa perfecta para que los locutores pusieran a sonar este vallenato y aprovechaban para llamar a sus novias. Suena curioso, pero también podría ser real. Al final, no importa el motivo, la canción sonaba y muchas personas pudieron conocerla, cantarla y guardarla en su recuerdo.
Sin embargo, esta canción no es una creación de Lisandro Mesa, esto es un poema llamado La gran miseria humana de Gabriel Escorcia Gravini, un poeta olvidado, desterrado, ignorado, omitido, perdido, quemado. Este personaje nació en Soledad, Atlántico, era de una familia poderosa de este municipio, pero fue rechazado; al momento de su muerte la familia decidió quemar su poesía, su obra y por eso se conoce poco de ella.
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Su género poético se define como necropoesía y la poesía épica. Según los datos que se pueden encontrar de él, se escapaba de su casa para visitar el cementerio, leía mucho, especialmente poesía. Fue un marginado de la clase alta de Soledad, su familia era respetada y lo “escondían” por tener lepra, que fue de lo que murió; y en ese momento de muerte su familia hizo lo posible para desaparecer todo lo que escribió y pensó. No existen fotos de él, solo retratos hablados, un imaginario de quién fue.
Una noche de misterio
Estando el mundo dormido
Buscando un amor perdido
Pase por el cementerio
Desde el azul hemisferio
La luna su luz ponía
Sobre la muralla fría
De la necrópolis santa
En donde a los muertos canta
El búho su triste elegía
No obstante, hablo de La miseria humana más por mencionar mi conexión con esta canción que es poema, ya que un día en la casa de mi abuela paterna pedí que pusieran esa canción mientras compartíamos en el solar y fue allí cuando una tía me contó que mi bisabuela le gustaba mucho escuchar esa canción, y que le gustaba contarles a mis tías que esa canción era un poema a la muerte, a la parca. Una canción que significaba mucho para mi bisabuela paterna, a quien pude conocer y tengo recuerdos muy bagos pero que gracias a mi familia la tengo presente, además que se parecía mucho a mi abuelo, un ser que adoré y adoraré siempre.
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Es curiosa para mí esa cercanía de mi bisabuela con la poesía, y no importa que haya sido solo por esta canción; aún me falta indagar si pudo leer otras cosas o tener otros poemas en su memoria o la manera en que compartía con sus nietos esa conexión poética o musical. Aún no exploro esas preguntas porque quiero, por ahora, imaginar, escuchar la canción de Lisandro Mesa y recordar a mi familia o que la misma familia la ponga para recordar. Recuerdo mucho cuando la canción sonó en una fecha especial y la tía mayor la cantaba como si estuviera trayendo un recuerdo o el caso de otro tío que también la tarareaba con emoción. Es el recuerdo de mi bisabuela en esa casa, así como esa canción es el recuerdo de la existencia de Gabriel Escorcia Gravini.
La luna seguía brillando
En el azul de los cielos
Y las nubes con su velo
Sin miedo la iban tapando
Y en procesión pasando
Por la inmensidad secreta
Iba la brisa inquieta
Y retozaba en el sauco
Que emperlaba con su luz
Diana la novia del poeta
¡Qué se escuchen hasta Soledad estos versos, qué suenen en el solar de la casa de mi abuela, qué la canten mis familiares, qué por esta canción de diez minutos y 16 segundos se mantenga la sutil presencia de este poeta que no pudieron desaparecer!
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