Nunca quise tener hijos. No fue una decisión planeada ni una declaración contra la maternidad. Simplemente, un día me di cuenta de que esa idea nunca me había hecho falta. Y no me asustó. La verdad es que, si lo pienso bien, siempre he tenido un poco del síndrome de Peter Pan. No el del cuento con polvo de hadas y vuelos sobre Londres, sino uno más discreto: el de no querer dejar de ser niña. El de seguir asombrándome con cosas pequeñas, de reírme en momentos inoportunos, de preferir la posibilidad antes que los límites.
Y es que, aunque nunca tuve hijos, los niños siempre han estado cerca. Llegaron sin que los buscara y se quedaron ahí, como una pandilla de cómplices diminutos. Con el tiempo, me convertí en la tía Cata. No solo de mis sobrinos —que viven en su propio universo— sino, sobre todo, de los hijos de mis amigas. Esos que me conocieron con el pelo despeinado, las maletas medio hechas y los proyectos que parecían imposibles. Ellos me adoptaron, o tal vez fue al revés. Y desde entonces me enseñan más de lo que cualquier adulto podría.
Ignacio, por ejemplo, fue mi primer crítico musical. Tenía once años y fue al Concierto filartrónico, ese experimento donde mezclábamos música clásica con electrónica. Al final se me acercó muy serio, con esa solemnidad que solo tienen los niños cuando van a decir algo importante. “Estuvo muy bueno —me dijo—, pero creo que las luces deberían estar mejor sincronizadas”. Me reí, pero lo pensé. Tenía razón. Sus comentarios eran honestos, sin diplomacia, sin miedo. Lo escuché como escucharía a un productor, porque Ignacio tiene eso que nosotros vamos perdiendo con los años: el oído limpio, la mirada sin filtros.
Con Alejandro no hubo revelaciones profundas. Solo tardes enteras jugando Mario Bros o Sonic, riéndonos de los saltos fallidos y de los “game over” que llegaban sin aviso. Pero ahí entendí algo: que no todo tiene que tener un propósito. Que jugar, simplemente jugar, también es una forma de estar presente. De apagar la cabeza y disfrutar el momento, aunque sea mientras se persigue una moneda dorada en una pantalla pixelada.
Y luego está Elena. Con ella el mundo se ralentiza. Cocinamos juntas, aunque lo que hacemos pocas veces puede llamarse receta. Mezclamos, probamos, improvisamos. Ella dice que somos influencers y algo de razón tiene. Un día pasamos toda una tarde intentando inventar un postre que terminó pareciéndose a unas albóndigas, pero nos reímos tanto que igual lo declaramos un éxito.
Hace poco pasé una temporada con ella en Washington. Fuimos al vivero a escoger calabazas para decorar. Elena quería que la suya tuviera dientes perfectos, pero cuando hice el corte los dañé. Me miró, se encogió de hombros y dijo: “It’s ok, tía Cata.” Esa calma me desarmó. Elena tiene esa manera luminosa de estar en el mundo: no teme ensuciarse las manos, ni equivocarse, ni cantar bajito por la calle. Cuando algo se rompe, simplemente dice “no importa”.
Y es que ahí, en esas dos palabras, hay una sabiduría enorme. Nosotros, los adultos, nos vamos llenando de miedos: al error, al ridículo, a no estar a la altura. Nos tomamos tan en serio que terminamos cargando una mochila de “deberías”. Los niños, en cambio, viajan livianos.
Ellos son expertos en la ligereza. Se asombran con un caracol, con una palabra nueva, con la lluvia que cae sin pedir permiso. No necesitan razones para reírse ni contexto para cantar. Mientras nosotros planificamos, ellos improvisan. Mientras corremos contra el reloj, ellos estiran el tiempo hasta hacerlo eterno.
Quizás por eso me gusta tanto ser tía. Porque puedo volver a jugar sin culpa. Decir “sí” a los helados antes del almuerzo, escuchar teorías sobre dinosaurios que vuelan o planetas que huelen a chicle. Es una maternidad sin manual, pero con todo el cariño del mundo. Además, a veces siento que los tíos somos una especie de refugio: los que no juzgan, los que dicen “dale, probemos”, los que recuerdan que la vida también se trata de reírse un poco más.
Con los años entendí que los niños son grandes maestros. Enseñan empatía sin decirlo, paciencia sin solemnidad y asombro sin esfuerzo. En un mundo donde todo se mide y se compara, ellos te devuelven la capacidad de mirar una hormiga y decir: “wow, mira cómo carga esa hoja”. Puede parecer simple, pero ahí está todo.
Y en este mes de los niños, ojalá todos nos atreviéramos un poco más. A preguntar lo que no sabemos, a reírnos fuerte, a imaginar sin permiso. Que la seriedad no nos borre la ternura ni el miedo nos quite el juego. Porque, al final, los niños —todos los niños, incluso el que alguna vez fuimos— son los que más saben de lo que realmente importa.





