Estrenarme en estas páginas de Vivir en El Poblado me llena de ilusión. Pero, también de esa ansiedad que antecede a lo nuevo. Es un privilegio abrir este espacio quincenal para proponer una conversación que no parte de las certezas, sino de las preguntas; que espero se alimente de la curiosidad que me mueve a mirar el mundo con otros ojos.
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La filósofa Victoria Camps, en su Elogio de la duda, escribió: “Sin interrogantes y sin dudas no tendríamos curiosidad por nada, nos limitaríamos a dar lo que hay por bueno como hacen los animales que carecen de conciencia.” La duda, lejos de ser debilidad, es una disposición a revisar lo que damos por sentado. Una invitación a escuchar al otro, a contrastar argumentos, a dejar que el conocimiento se expanda. La duda es, además, un ejercicio de humildad: nos recuerda que nadie posee la verdad absoluta y que solo al poner a prueba nuestras convicciones podemos saber qué tan firmes, qué tan claros o qué frágiles son.
En tiempos donde abundan los dogmas y las verdades categóricas, la duda se convierte en un acto necesario, profundamente deliberativo, diría democrático. Porque quien duda está dispuesto a reconocer la diferencia, a aceptar que el otro puede tener razón. La duda nos protege del fanatismo, de la rigidez, del riesgo de vivir en un mundo plano. Quien no duda se aferra a sus creencias y cierra la puerta que le permite ampliar su mirada y descubrir.
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Pero si la duda abre puertas, la incomodidad es el costo de atravesarlas. La incomodidad es ese movimiento interno que sentimos cuando lo distinto nos desafía, cuando alguien interroga nuestras convicciones, cuando una conversación revela fisuras en lo que parecía sólido. Solemos verla como amenaza, usualmente la reacción natural es a eliminarla y, sin embargo, suele ser justo la oportunidad para diálogos más auténticos y para liderazgos más honestos.
La vida está llena de situaciones incómodas: una amistad que nos exige sinceridad, un trabajo en el que no todos piensan igual, una ciudad que enfrenta tensiones entre lo que sueña y lo que logra. En todos esos escenarios la incomodidad es inevitable, y lo importante no es excluirla, sino aprender a gestionarla: integrarla, ensancha la mirada.
Ese será el espíritu de esta columna: hacer un elogio a la duda como nos invita Victoria Camps, un elogio a las preguntas, un elogio a la incomodidad. Una invitación a ganar perspectiva sobre la vida cotidiana, sobre la agenda del país y sobre el desarrollo de esta región.
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Aquí espero compartir tanto lo que me mueve desde mi rol como líder, como mi mirada sobre lo común, sobre Antioquia, sobre el país que hábito, sobre las ideas y las tensiones a las que me enfrento en mi propósito por crear valor en lo público.
Me encontrarán también en pasiones más personales: los libros, la fotografía, la docencia, la gestión social. Este será un espacio para incomodarnos juntos, con respeto y apertura, con la convicción de que lo verdaderamente transformador no es lo que nos confirma lo que ya pensamos, sino aquello que nos invita a dudar y a crecer desde la incomodidad.
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