Es septiembre. En Medellín se celebra la Fiesta del Libro y la Cultura. Para mí, los días más lindos del año. Me puse a pensar en los libros que han sido importantes en mi vida y, sin proponérmelo, terminé escribiendo una pequeña biografía lectora.
Recuerdo claramente mis primeros libros: una colección de cuentos clásicos, muy resumidos y bien ilustrados, publicados por la editorial Oveja Negra. Entre los títulos estaban Pinocho, Barba Azul, El flautista de Hamelin, Alí Babá y los cuarenta ladrones… En estos libros de colores aprendí a leer en silencio y, aunque en casa había más libros, estos eran míos, estaban marcados con mi nombre. Esa fue mi primera biblioteca: un refugio maravilloso para una niña introvertida.
Tengo algunos años perdidos en mi memoria de lectora. El colegio no era un lugar en el que se hablara de libros. Eran otros tiempos y la biblioteca era un lugar desangelado, casi siempre de puerta cerrada. No recuerdo haber repasado ni una sola vez sus estanterías. Hay que reconocer que a las monjas con las que estudié les debo una ortografía casi perfecta, pero no las ganas de leer.
Imagino entonces que dejé de leer un tiempo, pero sé que hubo un libro que me trajo de regreso a la lectura: cuando tenía dieciséis años, mi papá me regaló Del amor y otros demonios, de García Márquez. Su personaje Sierva María de Todos los Ángeles fue mi compañera durante varias noches en las que leer fue más importante que dormir. Después vinieron los Doce cuentos peregrinos y ya no hubo marcha atrás: nunca más dejé de leer.
Estudié comunicación social, entre otras cosas, porque prometía materias como Literatura, Cine e Historia. La primera clase, la del primer lunes a las ocho de la mañana, fue Literatura. El profesor, Federico Medina, nos puso a leer (así se decía) los Cuentos orientales de Marguerite Yourcenar. Llegué emocionada a contarle a mi papá el encargo que tenía y esa misma tarde fuimos a comprar el libro. Me llevó a la Librería y Papelería Marín, que quedaba en San Juan. Nos lo entregaron envuelto en papel periódico. En la clase siguiente, nos organizamos por grupos y leímos en voz alta Cómo se salvó Wang-Fô.
Con la universidad vinieron otros autores. En ese tiempo conocí libros de Ray Loriga ―Héroes y Caídos del cielo―. Leí El nombre de la rosa de Umberto Eco, con sus descripciones casi interminables, y me obsesioné con Milan Kundera. Luego vinieron otras obsesiones: José Saramago y Haruki Murakami. Melancolía, preocupaciones, amores y soledades. Cada obsesión coincidió con un momento de la vida. He pasado por lo tremendamente existencial y lo deliberadamente ligero. Porque así son los libros: animales de compañía que señalan el camino. Muestran lo que uno, casi siempre sin saberlo, está buscando (o evadiendo).
Luego llegaron los libros ilustrados con toda su belleza. La no ficción con toda su aspereza. A la poesía llegué tarde, pero bendito sea el día en que llegué. Recientemente he estado leyendo ―sobre todo― libros escritos por mujeres. No me lo propuse, pero tampoco creo que sea casualidad. Quizás estas voces son las que conversan con lo que se cuece en este momento de mi vida. Los poemas de Mary Oliver y Manuela Gómez. Las novelas de Annie Ernaux, Piedad Bonet, Joan Didion y Delphine De Vigan. Las crónicas de Leila Guerriero y Patricia Nieto. Los ensayos de Mariana Oliver y Vinciane Despret. El invencible verano de Liliana de Cristina Rivera Garza, Una no habla de esto de Sylvia Aguilar Zéleny, y una hermosura que no puedo dejar de nombrar: Solo un poco aquí de María Ospina Pizano.
Las personas que trabajan en promoción de lectura llamarían a esto una biografía lectora. Una forma de explicar que “la práctica lectora no se desprende del sujeto, que no ocurre antes, después o más allá de él, sino que acontece mientras acontece la vida”. Lo que leemos, de alguna manera, nos convierte en lo que somos. Pero lo que somos, sin duda, determina lo que leemos. Vivimos. Leemos. Leemos. Vivimos. Una cosa no existe sin la otra.
En resumen, así fue como me hice lectora. No sabría decir exactamente cuándo vino la idea de escribir. Es posible que ese ímpetu hubiera estado siempre ahí, sin ser escuchado, como un grito en lo profundo del agua. Tal vez la niña que leía Pinocho en el balcón de su casa, ya intuía ese “impulso insolente e incontenible”, del que habla Leila Guerriero, “de replicar el virus implantado ―en uno― por los libros que leyó”. El impulso de leer ha derivado en el impulso de escribir. Pero esa es otra historia.





