Contra todo pronóstico, el pasado 21 de agosto viví una escena que muchos me aseguraban imposible en Medellín. Eran casi las siete de la noche, las mesas estaban dispuestas, el salón vestido de gala, un tapete rojo a la entrada y los invitados llegando en smoking y corbata. Pero lo realmente emocionante no estaba en la puesta en escena, sino en las esquinas: tuvimos que sacar sillas extra porque los cincuenta cupos previstos se habían desbordado. Sesenta personas aceptaron la invitación a nuestra primera gala de recaudo, en una ciudad que todavía cree que la filantropía es asunto de otros lugares. Sesenta personas que demostraron que sí se puede.
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Treinta y cuatro de ellas viajaron desde Estados Unidos y una desde Alemania. Tomaron un avión, reservaron hotel y se sumaron a la causa con una certeza: Medellín, a través de su orquesta, hablaba de impacto social y de futuro. No venían a un simple espectáculo; venían conmovidos por la convicción de que aquí la música no es un lujo, sino un instrumento de cambio. La noche tuvo algo de guion improbable: una gala en la que el plato costaba 250 dólares o más, con la meta de recaudar cien mil. Y las donaciones no llegaban en sobres ni en cheques solemnes, sino con códigos QR escaneados desde el celular. Un clic que se volvía gesto de confianza. Lo que muchos catalogaban como impracticable en Colombia sucedió con alegría, con generosidad y con una naturalidad que nos obliga a repensar nuestros propios límites.
Tendemos a creer que la filantropía es una costumbre importada, imposible de sembrar en nuestro contexto. Y sí, en Estados Unidos donar es parte de la cultura: se enseña desde el colegio, se conversa en familia, se respira en las universidades. Pero, Medellín y Antioquia también tienen memoria filantrópica. Nuestra ciudad está llena de ladrillos levantados con donaciones y de instituciones que existen gracias a familias que entendieron que la riqueza se mide también en lo que se devuelve. Ahí está el Hospital San Vicente, inaugurado en 1913 con el apoyo de ciudadanos convencidos de su importancia para los más vulnerables. El Teatro Pablo Tobón Uribe, donado por un médico y empresario que creyó que Medellín merecía un escenario digno para las artes. El Jardín Botánico, sostenido durante décadas por aportes de familias y empresas locales. Y la lista podría seguir con bibliotecas, colegios, iglesias, parques y centros culturales. Esa tradición, sin embargo, se fue apagando. Durante años la filantropía se volvió casi exclusiva de empresas y fundaciones, mientras los individuos quedaban al margen, como espectadores o tomadores de decisiones corporativos. Y así se perdió algo esencial: la certeza de que todos, en mayor o menor medida, tenemos algo que dar.
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Por eso, lo del 21 de agosto fue más que un evento social o un experimento de recaudo. Fue un acto simbólico: la demostración de que Medellín puede recuperar y reinventar esa tradición. Recuerdo las caras sorprendidas y conmovidas, las copas que se alzaban no solo para brindar sino para comprometerse, los celulares apuntando al código QR y confirmando en segundos una nueva donación. Recuerdo también a quienes viajaron desde tan lejos, convencidos de que Medellín tiene una energía distinta, difícil de traducir en cifras o titulares. Esa generosidad no se mide solo en dólares: se mide en confianza. Porque donar es, sobre todo, un acto de fe: en la institución, en la ciudad, en la capacidad de transformar vidas. Como canta Fito Páez:
“Dar es dar, y no explicarle a nadie, no hay nada que explicar”.
Una gala, claro, no construye por sí sola un ecosistema. Lo que necesitamos es que donar deje de ser excepcional y se vuelva costumbre. Medellín tiene con qué: sentido de comunidad, orgullo local, memoria de resistencia. Si ya nos hemos reconstruido tantas veces, ¿por qué no atrevernos también a construir una cultura de la filantropía? Y conviene recordarlo: no se trata de millones. El poder está en la suma de los pequeños gestos. Una hora de voluntariado en una biblioteca, un aporte mensual que cabe en el bolsillo, un consejo compartido con un emprendedor cultural. No es cuánto, sino cómo y con quién. Ese fue uno de los aprendizajes más bellos de la gala: ver a personas que jamás habían participado en algo parecido salir convencidas de que podían ser parte de algo más grande. Ver a extranjeros inspirarse en Medellín, pero sobre todo ver a los propios paisas redescubrir que aquí hay tierra fértil para la generosidad.
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Siento un orgullo enorme de que la Orquesta Filarmónica de Medellín haya sido pionera en abrir esta puerta. No porque la filantropía sea un fin en sí mismo, sino porque creo en el efecto multiplicador de los símbolos. Si una orquesta se atreve a hacerlo, ¿por qué no un museo, un teatro, una compañía de danza, una organización comunitaria? Si sesenta personas marcan la diferencia en una noche, ¿qué no podrían lograr miles convencidos de que cada aporte importa?
Mi deseo es que esto se convierta en tema de conversación en las casas, en los cafés, en las universidades y en las empresas. Que, así como hablamos de fútbol o de política, empecemos a hablar de cómo dar, de cómo aportar, de cómo dejar un legado. Que la filantropía deje de sonar lejana y se vuelva parte de nuestra vida cotidiana. Porque al final, construir un ecosistema no depende de grandes fortunas ni de pocas manos. Depende de todos nosotros: de donar tiempo, dinero o conocimiento en la medida de nuestras posibilidades. De entender que lo que damos no se pierde, se multiplica.
Lo del 21 de agosto me enseñó que sí es posible. Que Medellín y Antioquia tienen el espíritu, la historia y la energía para lograrlo. Que ya no podemos seguir diciendo que aquí no se puede, porque aquí ya se hizo. Y que, cuando levantamos la copa y escuchamos la música, lo que realmente celebrábamos no era solo una gala: era el nacimiento de una conversación sobre dar, confiar y creer en nosotros mismos. Una conversación que recuerda lo que dice la canción:
“Dar es dar, lo que recibes es también libertad”.





