En mi casa hay una norma de mujeres que todavía se cumple: “La comida no se bota”. Crecí con platos inventados que se convertían con frecuencia en tortas, calentados, croquetas y migaos. Este último se mostraba en la mesa cuando la parva (como le decimos los antioqueños a la panadería), se ponía un poco dura y había necesidad de consumirla.
Consistía en ponerle a un chocolate o una taza de aguapanela un poco de quesito con lo que hubiese: buñuelos, pandequesos, palitroques o panes que con frecuencia estaban duros. En ese delicioso revoltijo todo se mezclaba y derretía dando como resultado un festín en el que todavía encuentro la palabra hogar, hoy le dicen comfort food.
Luego entendí que con las migas se hacía algo similar y que migas y migaos tenían cosas en común y no solo era la combinación evidente de sus letras y sonidos. Migas y migaos son comidas de pueblo, de combate, de resistencia. Comidas que nos curan el hambre, que cumplen una importante labor en evitar el desperdicio y que configuraron, por muchos años, una forma de entender la cocina, especialmente la de montaña, que representaba la austeridad y la creatividad de nuestras mujeres campesinas para darnos de comer.
En un viaje a España que me gané en una rifa en el periódico que trabajaba y que se convirtió, a mis 24 años, en la primera vez que salía del país, descubrí que los españoles también hacían migas, migas de pan. Fue una comida de guerra y tenía fines similares a los nuestros: no desperdiciar y no morir de hambre.
El migao desapareció para algunos de sus mesas. He tenido que explicar qué es. Y como el tiempo es cíclico y ahora la moda – porque es una tendencia que puede ser irresponsable o no – de conectarnos con nuestra ancestralidad nos ha traído en forma de “investigaciones rigurosas” y palabras inventadas (etnogomelismo, diría un buen amigo), el pasado a la mesa, el migao entró en las cartas y preferencias de algunos restaurantes.
No está mal que eso pase, es más, celebro cada que un plato en las vías de extinción del injusto olvido vuelve a las autopistas feroces del consumo. Sin embargo, tengo un poco de problema con sus precios.
Un migao hoy día oscila entre $35.000 y $50.000 (gracias a Daniel Suárez por el apoyo investigativo). Sé que se puede encontrar más barato e incluso, solo armarlo en la cafetería del pueblo. Pero, no deja de ocuparme el pensamiento de la extraña valorización de las prácticas culturales populares que ahora propagaron (no quiero decir gentrificaron, no sé cuándo usar esa palabra) y quieren absorber el migao.
He hecho la cuenta. Una libra de panela puede conseguirse desde $4.000 y una de chocolate desde unos $7.000. Un quesito pequeño puede estar en $4.500. En una panadería de El Carmen de Viboral muy popular por vender paqueticos, La Sabrosura, un paquete de panes puede valer $3.000, al igual que uno de pandequesos y 10 buñuelos.
Con esos ingredientes, que no suman los $25.000 uno puede hacer migao para un batallón… Y si, sé que en un restaurante hay que pagar local, servicios, trabajadores, impuestos… pero, nos está resultando muy costoso alimentarnos con nuestra propia tradición. ¿Dónde queda la defensa de lo justo?
Por favor, dejen vivir el miago, las migas, el capio, los amasijos (eso que no he hablado de los paquetes de arepas de $20.000). Dejen vivir la comida tradicional por fuera de la cultura de catálogo. Dejemos de ser esos feroces consumidores que solo buscan experiencias para evitar la molestia o el posible encanto de sorprenderse con lo que realmente somos.





