Sophia Vari: reconocimiento merecido, descubrimiento necesario

Por: Opinión
1 diciembre, 2024
La obra de nuestra portada es de Sophia Vari, y está en la Sala Internacional del Museo de Antioquia, bautizada en su nombre.

Tras la reestructuración de su sala internacional, el Museo de Antioquia decidió homenajear a Sophia Vari, esposa de Fernando Botero, fallecida en mayo de 2023, cuatro meses antes de la muerte del Maestro. La Sala Internacional Sophia Vari reúne obras donadas por Botero para avanzar en una idea que se había ido convirtiendo en una especie de obsesión para él: “No quiero que a los artistas colombianos de hoy les pase lo mismo que me pasó a mí. Tuve que aprender a pintar sin ver un solo original de pintura de afuera de Latinoamérica. Los colombianos tendrán acceso a este repertorio de obras de Europa y Norteamérica”.

El nuevo nombre de la Sala es un junto reconocimiento al apoyo que Sophia Vari dio a la idea de las sucesivas donaciones de Fernando Botero a la ciudad y al Museo, lo mismo que al cariño que siempre manifestó por la ciudad y por Colombia como su patria de adopción. Pero debería ser también la oportunidad para que se conozca mejor la obra artística de Sophia Vari a quien, quizá, la mayor parte de nosotros identifica solo como la esposa de Fernando Botero.

Sophia Vari nació en Grecia en 1940, y para 1979, cuando se une a Fernando Botero, ya tiene una sólida formación artística que la conecta con una gran diversidad de culturas; y, a partir de allí, desarrolla un proceso poético propio. Reconoce su interés por la escultura de la época clásica griega, que luego complementa con el de las culturas ancestrales de América, el barroco y el arte moderno. Aunque a lo largo de más de cuatro décadas de vida compartida debieron producirse numerosos diálogos e incluso es posible imaginar que haya habido desacuerdos estéticos, no puede pensarse que la obra de Sophia Vari fuera dependiente de la de Fernando Botero. Al contrario, es fácil percibir que se trata de artistas con procesos muy diferentes.

En efecto, a lo largo de los años, Fernando Botero presenta una notable persistencia en las formas de su estilo, con variantes, como en el desarrollo de la escultura, pero plenamente coherente con sus hallazgos esenciales, en un paciente trabajo de taller semejante al de un artista clásico. Sophia Vari, en cambio, trabaja de una forma experimental, no en un taller habitual sino, según sus propias palabras, en un laboratorio, con un espíritu de cambios constantes, próximo al de muchos artistas modernos y contemporáneos. 

Así, de unos orígenes figurativos evoluciona hacia una abstracción libre que varía entre formas puras y evocaciones semi figurativas, con referencias cubistas, constructivistas y minimalistas, para volver más tarde a la figuración. Son pinturas que van del óleo y el acrílico a la acuarela, que extrañamente usa sobre lienzo, además de una cierta forma de fresco, pasando por el collage y por el cubismo cristal picassiano, de formas geométricas de color que generan espacios, volúmenes y sensaciones de movimiento.

A este tipo de trabajo pertenece su obra La raíz y la noche, de 1996, un collage de papel, cartones y madera, montado sobre lienzo, al cual agrega intervenciones en carboncillo que generan sombras y crean profundidad. El trabajo es un ejercicio de equilibrios, en una estructura compleja, pero a la vez simple, en la cual contrastan rectángulos y elementos circulares, así como líneas puras y bordes rasgados.

La obra Liberación (1947), del artista cubano Wifredo Lam, hace parte también de la Sala Internacional. Todas estas obras fueron donadas por el maestro Fernando Botero.

De manera paralela al proceso de Fernando Botero, también Sophia Vari descubre en los volúmenes de la pintura la incitación para el desarrollo de esculturas en bronce policromado, mármol y alabastro, en las cuales las formas geométricas se entrelazan. Más adelante, sin abandonar la pintura, incursiona en el terreno de la joyería, entendida, sobre todo, como un tipo de escultura de muy pequeño formato y de una especial atención a los detalles: esculturas portátiles, las definía Sophia Vari. Una de sus últimas empresas artísticas la dedicó a los pueblos de Colombia para expresar, de forma semiabstracta, las sensaciones que le quedaban de sus recorridos por el país.

En definitiva, un proceso de laboratorio, de experimentación permanente, de exploración de hipótesis que renuncian en cada momento al piso firme que se había ganado en el paso anterior. Junto al reconocimiento que le hace el Museo de Antioquia, queda la tarea de profundizar en la obra de Sophia Vari para reflexionar sobre sus valores propios y su peculiar ubicación en el arte contemporáneo.

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