30 años a la rueda de la congestión en El Poblado

Por: Alexander Barajas
25 noviembre, 2021
30 años a la rueda de la congestión en El Poblado

Parte del éxito de ser y estar en la Comuna 14 incluye convivir con el ciclo del tráfico en nuestras calles, siempre rezagadas ante tanto uso y abuso.

1994

Si bien sería injusto afirmar que poco o nada se ha avanzado en tres décadas respecto a la calidad de la movilidad en El Poblado, también sería un engaño decirnos que hoy todo fluye como queremos, que nos transportamos con plenas garantías de comodidad, seguridad y rapidez.

En pocos aspectos es tan clara la sabiduría de aquella frase que reza: “progresar, de cierto modo, es cambiar de problemas”; y eso se siente al revisar nuestras primeras ediciones de Vivir en El Poblado, aquellas con las que empezamos a conectarnos con las necesidades y anhelos de este territorio.

El comienzo de los años 1990 coincidió con un auge de la actividad comercial y de la construcción de vivienda nueva en la Comuna 14; nada distinto a lo que hoy vivimos. La diferencia es imaginar eso mismo con el panorama de la infraestructura vial y espacio público de entonces, una preocupación constante en nuestras páginas.

El comienzo de los años 1990 coincidió con un auge de la actividad comercial y de la construcción de vivienda nueva en la Comuna 14; nada distinto a lo que hoy vivimos.

No existían la Transversal Intermedia (toda una novela su realización) ni los intercambios de San Diego, Monterrey o La Aguacatala; eran solamente glorietas atestadas. Tampoco el deprimido de la calle 10A bajo la 43A (entre los icónicos locales de La Candelaria y Conavi), cuya apertura evitó seguir usando el parque de El Poblado como improvisada rotonda.

Un tema recurrente en las 820 ediciones de Vivir en El Poblado, desde 1990: la congestión vehicular de El Poblado. Ni siquiera las grandes obras de infraestructura han logrado resolver el problema.
Un tema recurrente en las 820 ediciones de Vivir en El Poblado, desde 1990: la congestión vehicular de El Poblado. Ni siquiera las grandes obras de infraestructura han logrado resolver el problema.

Los Balsos no conectaba con Las Palmas, como tampoco la loma de San Julián. No había lazo (puente) en El Tesoro ni su vía llegaba a Los Balsos.

Los puentes peatonales para la comuna apenas se estaban ensayando, como el del INEM. Por la falta de estos mismos o de simples semáforos a nivel, se registraban muertes de viandantes tratando de cruzar la avenida Industriales, que, para colmo, también pedía una ampliación.

El doble sentido en casi todas las vías era la norma, y la indisciplina y la falta de autoridad hacían que las calles fueran parqueaderos, algunas hasta de doble fila, que dejaban muy poco espacio para pasar. Eran recurrentes las quejas por la terminal improvisada de Autobuses El Poblado, a un costado de la iglesia de San Lucas.

El parque Lleras ya era foco de conflicto entre visitantes y vecinos, con el ruido, las basuras, la mendicidad y el estacionamiento en andenes. Sí, el parque Lleras, en cuyo perímetro comenzó la unidireccionalidad en el corazón de El Poblado; donde primero se elevaron las aceras para alejar cualquier carro. Luego los parquímetros, que evolucionaron en los grandes parqueaderos y las zonas de estacionamiento regulado.

Como dato curioso, la respuesta de un funcionario publicada en agosto de 1993 (Edición 34) ante la propuesta de algún comité de vecinos: “Hay muchos problemas de tránsito y poco flujo de peatones como para justificar la destinación de zonas vehiculares para el paso de peatones”. Aunque hay que decir también que se proponían celdas de parqueo en las dos transversales existentes, Las Vegas y El Poblado.

No todas eran grandes ideas, pero había cierto sabor de comunidad doliente, activa y comprometida. Que quería seguir disfrutando de su barrio de siempre y se esforzaba por coexistir en armonía con el comercio, el urbanismo, los carros, las valorizaciones apabullantes.

En Vivir en El Poblado se les dio voz a todos, convocando la corresponsabilidad. Se hizo veeduría y se registraron todas las transformaciones en esos años. Pero hay cosas que no cambian tanto: “No importa si son las ocho de la mañana, las diez o las doce o si es en la tarde, pues a la congestión se suma el calor y el mal genio de los conductores, la imprudencia de algunos transeúntes y las obras en la vía pública. No se hable si en lugar de calor lo que viene del cielo es agua. Igual, transitar por El Poblado es imposible” (Edición 40, febrero de 1994).

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