Creo en los nuevos comienzos, los nuevos ciclos y nuestra capacidad de construir, adaptarnos y apasionarnos con lo que viene. Creo en las nuevas oportunidades y la capacidad de estar cada vez mejor preparados para afrontarlas y para seguir trabajando por nuestros sueños.
Deseo un cambio de mentalidad y de liderazgo. Deseo que vuelvan las oportunidades y la inversión. Merecemos más estabilidad, seguridad, credibilidad y certezas. Hemos demostrado que podemos adaptarnos a una pandemia, a retos macroeconómicos, políticas que no impulsan ni apoyan y hasta persecuciones y señalamientos.
Los empleadores, empresarios y emprendedores hemos sido víctimas de una campaña de desprestigio. Discursos populistas que desconocen la realidad que vivimos y el impacto que generamos. Llevamos varios años luchando contra la corriente y seguimos remando con la convicción de que hacemos lo correcto.
Sin embargo, no podemos desconocer que hoy vivimos expuestos a unas redes sociales que, lejos de acercarnos a la verdad, muchas veces la distorsionan. Son escenarios donde la confusión se vuelve tendencia, la polarización se alimenta en segundos y la desinformación circula con una velocidad que supera cualquier esfuerzo por contrastarla.
Allí operan intereses particulares, cuentas anónimas y voces inescrupulosas capaces de moldear percepciones colectivas sin asumir responsabilidad alguna. En este río revuelto se pierde la perspectiva, se nubla la conversación pública y terminamos discutiendo narrativas manipuladas en lugar de enfrentar los desafíos reales que afectan al país.
Por eso es urgente volver a los datos, a la realidad concreta, a la historia reciente y a las promesas incumplidas que hablan por sí solas. Necesitamos informarnos desde fuentes serias, comprender cómo las decisiones políticas y económicas impactan al ciudadano de a pie, al estudiante, a la ama de casa, al tendero, al emprendedor y a quienes generan empleo y desarrollo.
Este será un año decisivo para Colombia: elegiremos a nuestro próximo gobernante y tenemos la responsabilidad de hacerlo con criterio, con información verificada y con plena conciencia de los retos que enfrentamos como sociedad. Nuestro voto no es un acto simbólico: es la herramienta más poderosa que tenemos para proteger el futuro, exigir coherencia y construir el país estable, próspero y seguro que merecemos.
Hace unos días leí que 2025 había sido el año de La Serpiente, ese que nos permitirá soltar lo que no nos sirve y dejar atrás aquello que nos ata y no nos dejaba avanzar. Un año que nos dio la oportunidad de repensar lo que hacemos, cómo lo hacemos y porqué lo hacemos.
Un año en el que pudimos ver que había más oportunidades y podíamos pensar en algo más grande. Pero lograr esto no fue nada fácil, hubo que librar batallas, conversaciones incómodas, aprender a soltar, priorizar y confiar. Confiar en que algo nuevo nacerá, que hay un futuro nuevo que nos espera, que podemos cambiar la realidad si actuamos unidos y que debemos ser conscientes de que nada se logra sin esfuerzo y trabajo en equipo.
¿Qué viene para 2026? La lectura que les mencioné decía que será el año de El Caballo, ese que nos permitirá avanzar y fluir movidos por la pasión y el disfrute. Esto implica un cambio de energía que hará que muchas puertas que estaban cerradas se abran, que podamos ver con mayor claridad las oportunidades que se presentan, que dejemos de estar estancados y empecemos a avanzar, y lo más importante, que exista el impulso necesario y el ambiente propicio para que lo logremos. No necesitamos que nos lleven cargados, sólo que el camino esté despejado para poder galopear libremente.
Me gusta pensar que lo que leí es cierto y planeo mi año bajo esa premisa, llena de optimismo e ilusión por lo que nos espera. Esto me ha permitido sortear algunos retos del inicio de año, con la convicción de que hay que hacer los ajustes necesarios para seguir adelante, con el sueño intacto y la energía recargada.
Y ustedes, ¿cómo iniciaron el año?





