Suena el despertador, es hora de levantarse. En lugar de ver el amanecer, veo la pantalla de mi celular. Y, en lugar de escuchar los sonidos de las aves, son las notificaciones quienes me cantan al oído.
Luego, enciendo mi botón de “piloto automático” para arreglarme y prepararme para ir a la escuela, mientras las canciones a todo volumen de mi celular, ahogan el sonido de las gotas que caen de la regadera y, al mismo tiempo, le bajan el volumen a mis pensamientos.
Me despido de mis padres mientras miro mis redes sociales y, en vez de darle un beso en la mejilla a mamá, le doy un “me gusta” a la foto que acaba de subir una de mis amigas.
Me subo a mi bicicleta. Con una mano sostengo el manubrio, con la otra voy revisando mi celular y aprovecho cada stop para admirar las fotos de la torre Eiffel que aparecen en las redes sociales. Finalmente, mi celular y yo llegamos a la escuela.
Pero algo nuevo está ocurriendo: están confiscando los celulares, las tabletas y los relojes inteligentes de todos los estudiantes. Los profesores nos han pedido que depositemos todos estos dispositivos en unas bolsas, las cuales serán selladas y guardadas al inicio del día y solamente al finalizar la jornada, se nos serán entregados.
Les doy mi celular de mala gana y una sensación de vacío va apareciendo. ¿Qué va a ser de mí sin mi celular?…
Primeros minutos: mi cerebro entra en un estado de alarma. Siento una incomodidad en todo mi cuerpo, me sudan las manos, el corazón me late más rápido, muevo mis piernas, me siento muy extraño, pienso constantemente en dónde estará mi celular y en todas las notificaciones y actualizaciones que me estoy perdiendo por no tenerlo cerca. No puedo concentrarme, solamente pienso en que el mundo está avanzando y yo me estoy quedando atrás.
Curiosamente, el profesor nos ha pedido que comencemos a respirar conscientemente, tres respiraciones profundas y luego que contemos cuántos objetos azules vemos en el salón. Al principio pienso que es una pérdida de tiempo, pero cuantos más objetos azules voy encontrando, más lentamente voy respirando y más me voy olvidando de las notificaciones que no estoy viendo en ese momento.
Primeras horas: He pasado de estar alerta a estar aburrido. Miro lo que está escrito en el tablero, pero no logro concentrarme. Me he ido resignando a la idea de que puedo sobrevivir unas cuantas horas sin mi celular, pero no sé con qué más rellenar el espacio vacío que ha dejado separarme de él.
Ahora, el profesor nos ha pasado unos dibujos y unas cajas de colores. Debemos pintar. Mis dedos no han empuñado un color desde que era un niño, ahora, son hábiles para textear sin mirar la pantalla del celular. Estoy recordando que era muy talentoso para el dibujo, para mezclar colores y crear dimensiones con la luz y la sombra. Mi cerebro y mis manos están realizando técnicas que ya había olvidado por completo. Un destello de creatividad se está encendiendo dentro de mí. Y, entre más coloreo, más me voy olvidando de los tonos que tienen los logos de las aplicaciones.
Primer día: Creo que mi cerebro y todo mi ser se ha dado cuenta que se puede vivir sin el celular. Ya no me siento tan ansioso como al principio del día, he vuelto a conversar con mis compañeros de clase cara a cara, sin necesidad de enviarles un mensaje de texto. He despertado mi lado creativo sin necesidad de ver fotos y videos en redes sociales. He podido escribir un texto por mí mismo sin necesidad de preguntarle a alguna Inteligencia Artificial qué piensa y he podido hablar con mis profesores sobre cómo me he sentido a lo largo del día por no tener el celular a mi lado. Me he sentido extraño e incómodo, pero esta experiencia me ha ayudado a reconectarme con mi concentración, con mi creatividad y con mi disciplina para aprender.
Los profesores nos han dicho que esta estrategia es una nueva medida que ha implementado el gobierno para mejorar nuestra salud mental y concentración, y que ellos nos irán ayudando para que nuestros cerebros se habitúen nuevamente a vivir gracias a los alimentos, el oxígeno, el pensamiento y la creatividad y no, por obra y gracia de las pantallas y la dopamina que generan las redes sociales.
Me monto en mi bicicleta para regresar a casa, esta vez, voy manejando con ambas manos en el manubrio y, mientras pedaleo, admiro con mis ojos la arquitectura de la torre Eiffel, percibo el aroma de la crepería que hay por mi casa y escucho las campanillas de las otras bicicletas que pasan por mi lado. Por primera vez en mucho tiempo, mi atención está en donde debe estar y mi celular yace guardado en las profundidades de mi mochila.





