Últimamente, en diferentes conversaciones, ha sido recurrente el tema de la edad. Revisando fotos del pasado, es imposible no darse cuenta de que el tiempo pasa, y pasa para todos. La expresión “¡pero estás igualita!”, sí que está lejos de la realidad. Ninguno permanecemos inmune al paso de los años; bueno, al menos no de manera natural.
A raíz de la noticia de la muerte de la actriz británica Patricia Routledge, no muy conocida por estas latitudes, pero famosa en el Reino Unido y en los Estados Unidos (especialmente en el mundo del teatro, de los musicales y de la televisión; ganadora de premios como el Tony, el Bafta, y nombrada Dama del Imperio Británico -el mayor honor a nivel femenino-), se ha publicado nuevamente una carta cuya autoría se le atribuye, escrita hace un año, en vísperas de su cumpleaños número 95, que resulta muy oportuna a propósito de aquellas conversaciones.
Escribía la actriz:
“El próximo lunes cumpliré 95 años. En mi juventud, con frecuencia sentía preocupación; preocupación por no ser lo suficientemente buena, por no ser elegida para algún papel, por no llenar las expectativas de mi madre. Pero ahora, los días comienzan en paz y terminan en gratitud.
Mi vida no tomó forma hasta mis cuarenta años. Había trabajado de manera estable (en papeles locales, obras de radio y producciones del West End -el Broadway londinense-) pero con frecuencia me sentía a la deriva, como si estuviera buscando un hogar que no había encontrado dentro de mí misma.
A los cincuenta, acepté un papel para la televisión, que más tarde, muchos asociarían conmigo (Hyacinth Bucket, de Manteniendo las Apariencias). Pensé que sería un pequeño papel en una serie menor. Nunca me imaginé que me llevaría a las salas de la gente y a sus corazones alrededor del mundo. Y honestamente, ese papel me enseñó a aceptar mis particularidades. Sanó algo en mí.
A los sesenta, comencé a aprender italiano, no por mi trabajo, pero para poder cantar ópera en su lenguaje original. También aprendí a vivir sola sin sentirme solitaria. Leía poesía en voz alta en la noche, no para perfeccionar mi dicción, sino para calmar mi alma.
A los setenta, regresé a los escenarios shakesperianos, algo para lo que creía que ya no tenía la edad. Pero en ese momento, no tenía nada que demostrar. Me paré en el escenario firmemente y la audiencia lo percibió así. Ya no estaba actuando, simplemente estaba siendo.
A los ochenta comencé a pintar acuarela. Pintaba flores de mi jardín, sombreros viejos de mi juventud, y rostros que recordaba del metro de Londres. Cada pintura era una serena memoria hecha visible.
Ahora, a los 95, escribo cartas a mano. Estoy aprendiendo a hornear pan de centeno. Aún respiro profundo cada mañana. Aún me encanta reír (aunque ya no trato de hacer reír a nadie).
Amo el silencio más que nunca.
Escribo esto para contarles algo simple: envejecer no es el acto de cierre. Puede ser el capítulo más exquisito, si te permites florecer de nuevo.
Permite que los años venideros sean los más valiosos. No necesitas ser famoso, no necesitas ser perfecto. Sólo necesitas presentarte por completo en la vida que aún es tuya”.




