Hace diez años, Olga Ramírez decidió ponerle nombre a una idea que venía construyendo desde mucho antes. Primero fue una marca propia, Olga Ramírez; después, sus hijos -Sebastián, Daniela y Raquel- le pusieron Vilá. Así comenzó una historia empresarial ligada a un legado familiar.
Durante años, Olga acompañó a Diego Ramírez -su hermano y referente del diseño en la ciudad- a ferias de diseño y decoración por el mundo. Allí descubrió oportunidades y que tenía en casa con quién construirlas: un diseñador industrial, una negociadora internacional, una interiorista y, ella, una mujer con formación en artes plásticas y mirada entrenada para la curaduría.
10 años cumple la Casa Vilá traduciendo el diseño global en historias de hogar.
Con el acompañamiento de la Cámara de Comercio, la familia avanzó en protocolo familiar y gobierno corporativo, y decidieron apostarle a una empresa que desde el comienzo entendió que crecer también significaba cuidar los vínculos y construir futuro.


Olga sabía que una empresa no se construye solo con buen gusto, sino con valores. De su madre heredó solidaridad, generosidad y trabajo en equipo, valores que transmitió a sus hijos y resume como “herencias invisibles”: acompañarse, escucharse y permanecer unidos en los días difíciles, que ya los han vivido, como cuando su sede se incendió. Se perdió la mercancía y parte de lo construido, pero no lo esencial: “lo que jamás se puede quemar es el conocimiento, la experiencia adquirida y las ganas de seguir”, afirma Olga. Por eso aquella casa se llamó Fénix.





Vilá no se trata solo de vender muebles o decoración, sino de encontrar objetos con sentido para quienes los llevan a casa. Por eso la exclusividad, la variedad y la personalización tienen tanto peso. Cerca del 95 por ciento de los sofás y camas de Vilá son fabricados en Colombia. El cliente puede escoger entre miles de referencias de telas, materiales, colores y texturas. Y detrás de cada mueble hay talleres y centenares de trabajadores con sus familias, hay empleo.
La empresa ha cambiado al ritmo de la familia. Sebastián está al frente de la dirección creativa y la curaduría; Daniela aporta desde la tecnología, las negociaciones y las finanzas; y Raquel suma investigación y nuevas referencias culturales. Para Olga, verlos aportar sus ideas es ver cómo el legado continúa.

“Estos diez años no solo representan el éxito de una marca, sino la certeza de que el verdadero valor de Vilá reside en la complicidad de nuestra familia; saber que mi visión inicial hoy se multiplica en sus manos es el regalo más grande”. Olga Ramírez, fundadora de Vilá.
Diez años después, Olga piensa más en lo que espera que permanezca. Dentro de otra década quisiera ver a sus hijos unidos y conservar entre ellos una relación como la que ella ha construido con Diego: hermanos, pero también amigos. Los caminos laborales pueden cambiar, pero la familia permanece.
30 % de crecimiento en ventas reportó Vilá en el último año.
Esa es quizá la verdadera historia de Vilá en su primera década: una empresa que nació buscando un espacio propio y terminó convirtiéndose en un lugar donde una familia encuentra maneras de permanecer unida. Una empresa también puede ser una forma de construir legado para quienes vienen.





