A un costado del Club Campestre, cerca de la avenida El Poblado, vive y trabaja desde hace 26 años uno de los arquitectos más prestigiosos del país, con más de 60 años dedicados a lo que él mismo resume -con la sabiduría de un viejo maestro- como “el arte de ser albañil para crear espacios que atiendan, de la mejor manera, las necesidades de la gente”.
Es Laureano Forero, mejor conocido entre sus colegas y alumnos (que casi siempre son los mismos, amén del resto del gremio constructor) como Nano Forero. De su obra puede aprenderse en varios libros que la contienen, aunque lo mejor es vivirla en ciudades de Colombia, América y Europa. En Medellín, en cuyo centro histórico nació hace 89 años “a orillas de la quebrada Santa Elena”, basta enumerar algunos hitos para reconocer el impacto de su legado en este valle que aprendimos a habitar, en buena parte, gracias a él.
Están las capillas de los cementerios Campos de Paz y Jardines Montesacro; la primera de ellas es un ícono de ciudad desde 1970. Antes de éstas, estuvo lo que se conoció como Ciudad San Diego y luego vino La Motta, con propuestas urbanísticas que fueron punta de lanza para la expansión ordenada en extensos predios, otrora baldíos, marginales y peligrosos.
“Toda la vida fui del centro”, dice evocando su infancia en un hogar donde faltaron muchas cosas, menos amor y apoyo para sus sueños. Haciendo milagros con su pensión de militar, su padre le costeó el primer año de Arquitectura, en la Universidad Nacional. “Como era bueno con los dibujos, preguntaba mucho y tenía las mejores notas, no volví a pagar matrícula y desde el cuarto año -porque en esa época se cursaban seis años y no semestres- me empezaron a pagar por dar clases. Y así pasaron más de cuatro décadas como profesor”.
Ya no da clases, pero recibe a todo aquel que busca su consejo. Hace uso del privilegio que le da su bien ganado prestigio para tomar solo proyectos que le reten y enamoren. Por ejemplo, desde hace un par de meses, trabaja en el rediseño y puesta en marcha de un hotel para el popular sector de Garabato, aquí, en las lomas de El Poblado.
“Buscamos no solamente satisfacer, queremos impresionar en todos nuestros proyectos porque entendemos que un éxito arquitectónico es una oportunidad para los territorios, que beneficia a muchos a su alrededor”, dice con una convicción contagiosa, respaldada en la contundente evidencia de su obra, que se ve, admira y habita.





