Durante décadas la ciudad ha sido conocida como la Tacita de Plata, como un reconocimiento al decoro y a la limpieza de sus espacios públicos, un tema que ha servido de ejemplo para otras ciudades del país.
Sin embargo, desde hace varios años, y particularmente en los últimos meses, la situación en algunos barrios y zonas que se han ido transformando de residenciales a comerciales ha variado notablemente.
En varios sectores de El Poblado pueden verse en las esquinas las bolsas de basura acumuladas, provenientes de los establecimientos de comercio abiertos al público con venta de comida y de bebidas alcohólicas en particular, que le han restado brillo al concepto de la Tacita de Plata.
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Los empleados de estos establecimientos suelen dejar las bolsas con restos de comida y otros residuos sobre las aceras, en los separadores de las vías, es decir en el espacio público, a horas en las que no hay recorrido del carro recolector, lo que deja las bolsas expuestas a los habitantes de calle que las abren y a los animales que se acercan a ellas. Un fenómeno que, además, atrae cientos de roedores.
Durante el primer trimestre de este año el promedio de residuos sólidos diarios que se recolectó en la ciudad ascendió a 2.128 toneladas, con un agravante: la ciudad carece de un mecanismo eficiente de separación de residuos para el reciclaje, lo que tiene graves implicaciones ambientales por cuanto todo el material se deposita en rellenos sanitarios cuya vida útil es relativamente corta.
Y sí, desde Empresas Varias de Medellín se han implementado rutas nocturnas de recolección y hay varios días para esta actividad, pero la baja cultura de manejo de residuos sólidos y la reducida empatía de quienes sacan sus bolsas frente a los demás ciudadanos, hace que las aceras en algunos sectores luzcan menos amigables.
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Ajustarse a los horarios de recolección, disponer de las bolsas de basura dentro de los establecimientos mientras para el carro recolector, hacer la separación de residuos, deberían ser algunas de las acciones a emprender para que esta problématica no siga restándoles brillo a nuestras calles.
Es clave que se desarrolle un trabajo articulado de sensibilización con los comerciantes y habitantes de los diferentes barrios para que entiendan que, en la medida en que las calles se llenan de roedores, los lugares que antes frecuentaban resultan menos atractivos para residentes y turistas.
Pero a la pedagogía deben sumarse dos cosas: eficiencia y oportunidad en los procesos de recolección que realizan las entidades encargadas y sanciones oportunas y contundentes para quienes insistan en comportamientos que afecten el bienestar de la ciudadanía con su comportamiento egoísta y poco comprometido con la ciudad.
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Sanciones que deben extenderse también a aquellos que, con total indiferencia, dejan que terceros sin preparación ni responsabilidad se ocupen de los escombros que dejan los arreglos a las viviendas o a los locales comerciales y que en su gran mayoría van a parar a las zonas verdes, a los separadores viales, a los cerros tutelares o a las quebradas de la ciudad generando grandes afectaciones.



