Por: Andrés Felipe Vera Ramírez
“No hay generosidad más grande que la de quien siembra un árbol a cuya sombra no estará”. Este dicho que conocí hace ya varios años en la película El Hotel Marigold II, es más que un refrán de la India y varios países asiáticos. Para mí, en Medellín, es un recordatorio físico y simbólico que va más allá de reconocimientos recientes a los Corredores Verdes de la ciudad o a los árboles.
“En 2016, Medellín puso en marcha una iniciativa ecológica de tres años y 16,3 millones de dólares para crear ‘Corredores Verdes’, sembrando 8.800 árboles, así como palmeras y arbustos, a lo largo de 18 vías urbanas y 12 vías navegables. La ciudad priorizó los lugares con tráfico y contaminación atmosférica, y capacitó a 75 personas de entornos desfavorecidos para cuidar de los espacios verdes. Las siembras redujeron la temperatura del aire en unos 2ºC, mejoraron la calidad del aire e incluso han devuelto la fauna a la ciudad, lo que ha impulsado nuevas inversiones en zonas verdes desde entonces”, dicen los autores del más reciente reporte del Banco Mundial Inhabitable, Enfrentando el Calor Urbano en América Latina y El Caribe (2025).
Sin embargo, las mediciones, como los reconocimientos, con frecuencia son i n s u f i c i e n t e s y/o imperfectos. Válidos y necesarios, pero imperfectos. Cuando la periodista inglesa Anna Patton visitó hace algunas semanas la capital antioqueña para una conferencia latinoamericana de Inversión de Impacto, organizada por Latimpacto ella escuchó durante días historias de inversiones que promueven el beneficio social y ambiental en Latinoamérica en el Hotel Intercontinental.
Al saber que vendría busqué contactarla y ver cómo podría apoyarla en sus historias de soluciones a retos de Medellín, compartidos globalmente. Conversamos en el hotel, ella al terminar decidió irse a Jardín, Antioquia, alejándose de la ciudad. Cuando le pregunté sobre qué, de Medellín, le gustaría escribir me dijo que lo pensaría. Dos días después me escribió: “Quiero conocer la historia de los ‘Corredores Verdes’. Aunque sé que ha sido cubierta ampliamente por medios internacionales, me pregunto si hay un ángulo nuevo para esto”.

Con algo de vergüenza, debo reconocer que me muevo entre árboles por diversos barrios de la ciudad, pero sólo los valoro cuando camino por aceras o me muevo en vehículos por calles donde no están (porque los talaron, o porque nunca estuvieron).
Desde el primer momento que me escribió le mencioné vagamente a Jorge Molina Moreno de quien había escuchado hace un tiempo. Sin embargo, busqué a quienes saben más que yo. En las pocas horas que estuvo en Medellín, antes de regresar a su país, nos reunimos con el exdirector de Planeación de Medellín Jorge Pérez Jaramillo quien lo primero que le dijo al sentarnos y conversar por un par de horas fue: “Si quieres hablar de ‘corredores urbanos’ y de los árboles en Medellín tienes que hablar de Jorge Molina Moreno”. No nos habíamos puesto de acuerdo antes él y yo.
Pérez Jaramillo cuestionó el llamar “Corredores Verdes” a las siembras recientes en la ciudad. “Se requieren decisiones estructurales de hábitat, en materia de movilidad, uso de energías limpias, restricciones urbanísticas y paisajismo integral”, explicó aquella noche.
El “Alcalde Verde”
Sobre Don Jorge Molina, recordó que al pensionarse luego de ser gerente de Suramericana, él se acercó al alcalde de ese entonces (Luis Alfredo Ramos Botero) y le pidió que le autorizara sembrar árboles. Fue nombrado y reconocido como “Alcalde Verde”. No sembraría solo, por supuesto. Recibió el permiso, el apoyo de empresarios, de la Alcaldía de Medellín, del Jardín Botánico y de muchas personas e instituciones más. Sembraron tantos que “fueron sembrados hasta irresponsablemente”, resaltó Jorge Pérez.
De los “Corredores Urbanos” hablamos poco y sí mucho de Jorge Molina Moreno. De él y de los árboles. Las conversaciones me gustan más cuando incluyen las críticas, las limitaciones, los aprendizajes. Cuando hablan de problemas y de respuestas, siempre imperfectas. En esa conversación donde poco pregunté, sí sentí que para una periodista extranjera, escuchar de alguien que no conocía antes, de críticas y reconocimientos a personas e iniciativas, todo en una ciudad que visitaba por solo unos días podía ser insuficiente y/o confuso.
Le pregunté por qué quería hablar de Corredores Verdes. “Cuando me vaya de la ciudad lo que recordaré son sus árboles”, me respondió.
Ya no están Jorge Molina ni muchos de los que los sembraron, pero sí este verde y los otros colores que aparecen por temporadas. Y eso recuerda el esfuerzo colectivo para su siembra. Hoy, aunque incomodan a algunos, entendí allí que los árboles son el único límite en que puedo pensar que es defendido y protegido mayoritariamente. Son el límite a la construcción desbordada de edificios y casas. Límite al círculo vicioso de calles con más carriles para que quepan más carros. También es cierto que esas raíces que algún día estuvieron en fincas o entre pocas casas, hoy desajustan las aceras, sin importar el material o forma en que se hagan dichos caminos peatonales.

Aún con quejas, disfrutamos más caminar a la sombra de estos árboles que sin ellos. Exclusivos conjuntos residenciales se cotizan más alto por estar entre verde. Los proyectos urbanos hoy no son concebibles sin lo natural. Hay leyes estrictas que regulan su tala sin autorización hasta el punto de que sea muchas veces más fácil construir edificios que talar un árbol, como también lo resaltó Jorge Pérez en aquella conversación.
La temperatura, que ya aumenta en la ciudad, no es mayor gracias a esta presencia verde y así lo reconoce ahora el Banco Mundial, así como otros estudios. Y el aire de este Valle no es peor de lo que es hoy, gracias a lo que hacen orgánicamente los árboles y de lo que yo no pretendo decir que entiendo algo.
También es innegable que mientras en El Poblado, en Laureles y en otros barrios imagino que caminaron Jorge Molina y tantos otros habitantes de la ciudad sembrando árboles, hay zonas enteras al norte de la ciudad donde el panorama es radicalmente distinto. Es verdad que está el Jardín Botánico, pero cabe caminar hacia los 4 puntos cardinales por fuera de este “pulmón verde” para estar rodeado de cemento y construcciones que recuerdan lo desigual de nuestra historia y nuestro presente, visible también en este menor espacio público y menor verde.. Los árboles no necesitan hablar para recordar. Los árboles están ahí para mantener siempre vigente que hubo quienes los sembraron y que hoy estamos a su sombra.





