Después de un par de años de pausa, retomamos en la Universidad EAFIT los Cafés de ciudad. Este es un formato de evento en el que la academia se abre a discutir temas de sostenibilidad urbana con el sector público, el sector privado y, de particular importancia, la ciudadanía. El propósito es dar a conocer no solo los retos que enfrentamos, sino también las posibles soluciones que, de manera colaborativa, pueden ayudarnos a superarlos. En esta ocasión participaron Juliana Gómez Aristizábal (coordinadora de proyectos en Urbam EAFIT, el Centro de estudios urbanos y ambientales de esta universidad), Laura Rubio Rocha (huertera urbana), Daniel Jaramillo Ferrer (director de la Corporación La Trinidad) y Camilo Quintero Giraldo (líder de la Ley de Ciudades verdes). Yo tuve la fortuna y el placer de moderar la conversación y en ella abordamos una pregunta amplia: ¿están las ciudades en contra de la naturaleza?
La respuesta fue contundente: ¡no, las ciudades no están necesariamente en contra de la naturaleza! Una primera idea para respaldar esta afirmación: la forma en la que en las ciudades se relacionan con la naturaleza depende, ante todo, de la ciudadanía que las habite. Es posible diseñar y habitar lo urbano en una relación más armónica con el entorno natural; pero si, como ciudadanas y ciudadanos, ignoramos los componentes ecológicos de las urbes, el resultado será –inevitablemente– los desastres.
Concretamente: el hecho de que veamos situaciones traumáticas en las ciudades como las inundaciones o los desbordamientos recientes tiene que ver con que, como ciudadanía, hemos optado por canalizar excesivamente las quebradas, impermeabilizar despiadadamente los suelos, dar mucho más espacio para los carros que para las personas, dar la espalda a la biodiversidad que nos rodea e ignorar el agua que nos regala el cielo. Otra idea potente giró alrededor de la necesidad de cooperación intersectorial.
Definitivamente las ciudades no podrán operar en armonía con la naturaleza si no hay una participación decidida –e integrada– de la academia, el sector privado, la ciudadanía y el sector público. Por ejemplo, vimos que la Ley de Ciudades verdes aprobada el año pasado en el Congreso de la República puede ser un instrumento maravilloso para avanzar hacia la sostenibilidad urbana. Sin embargo, si las empresas, la academia y las personas no se la toman en serio, su potencial será desaprovechado.
Esto nos llevó a la idea con la que concluimos y que es quizás la más importante de todas: si no hay unos esfuerzos contundentes desde la educación, será muy difícil hacer la paz con las ciudades. Las leyes son, no cabe duda, herramientas importantes para guiar la conducta humana hacia lo que sea, incluyendo la relación con el mundo natural; pero si no hay unos paradigmas y unos valores que se cultiven desde la educación, será siempre un gran reto que estas leyes se cumplan.
La ñapa: debemos convencernos de que las ciudades, como los seres humanos, no son algo separado de la naturaleza. ¡Somos parte de ella y debemos operar en armonía con sus principios!




