Por: Mauricio Ballesteros Garzón
Tradición y herencia son palabras que describen bien el peso que carga sobre sus hombros el Conde de Creixel y Barón de la Pobladilla, Vicente Dalmau. No solo heredó esos títulos de su abuela materna: también recibió el encargo de custodiar una de las bodegas más antiguas y emblemáticas de España, hoy a punto de cumplir 175 años.
Su padre murió joven, a los 46 años, y desde los 25 Vicente asumió la tarea de mantener y elevar la calidad excepcional de sus vinos. “Van a ser 30 años de aquel momento. He intentado llevarlo con máxima honradez, tanto en Marqués de Murrieta como en Pazo de Barrantes. Es una responsabilidad que me ilusiona para seguir paseando la bandera de España por los 106 países donde estamos”, cuenta con convicción.
Habla de Marqués de Murrieta, pionera en Rioja: elaboró el primer vino de la región en 1852 y fue también el primero en exportarse. Y de Pazo de Barrantes, en Galicia, que desde 1511 produce Albariños de larga maduración. Ambas bodegas comparten un sello distintivo: no tienen prisa. Son las únicas que dejan sus vinos en crianza por más de diez años antes de llegar al consumidor. No en vano han sido reconocidas como la mejor bodega y el mejor vino del mundo.
“Estos premios me producen tristeza y felicidad: tristeza por no poder compartirlos con mis padres; felicidad porque es la manera de honrar lo que me enseñaron, esa obsesión por la excelencia y la honradez”, dice el Conde, con un dejo de nostalgia.
La calidad que alcanzan nace de dos fundamentos: la vendimia manual —un gesto de respeto al racimo, un cuidado paciente que evita tensiones y permite una selección impecable— y la sostenibilidad. “Dependemos de la naturaleza”, afirma. Por eso trabajan sin herbicidas, con energías renovables y una agricultura preventiva que no perturba el equilibrio del entorno.
“Hay que hablar con el viñedo, con la uva, el hormigón y la barrica; tomarse el tiempo para vencer la acidez y buscar elegancia, suavidad y textura”, explica mientras habla de las 300 hectáreas donde nace Marqués de Murrieta.
Dalmau asegura que vivimos la gran revolución mundial del vino, y que Colombia también hace parte, aunque el consumo per cápita siga siendo bajo: un litro frente a los 50 litros de países con cultura vinícola profunda. Aun así, con certeza y cariño incluye al país, pues sabe que toda revolución empieza con una copa de esta espirituosa y noble bebida.
“Ser un Conde o un Barón no es nada especial; soy una persona común. Pero llevo los títulos con orgullo, porque fueron concedidos hace siglos cuando un antepasado hizo algo importante por mi país. Es un recordatorio de responsabilidad ante el mundo”.





