Huesos rotos 

Mi perro se fracturó una mano y yo también. A los dos nos hicieron una cirugía, a los dos nos pusieron una platina, ambos necesitamos quietud mientras vuelven a su lugar nuestros huesos rotos. 

Mientras intento escribir esto con una mano inhábil, lo acompaño en su encierro: estamos los dos en la habitación, cada uno en su cama. Afuera los pájaros, los ladridos de otros perros, el murmullo del viento entre los árboles, el cielo más azul de todos los cielos azules. Días sin ver una nube. 

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No sé si él espera la lluvia como yo. No sé si él cuenta los días como yo. No sé si logra adivinar qué medicamento sigue o a qué hora es la hora de salir. No sé si entiende la pasma de estos días, tan iguales todos, tan estáticos, tan tediosos como este calor que no da tregua. 

No sé ni siquiera si busca una explicación. Hay algo que sabe hacer muy bien: aceptar las circunstancias y adaptarse. Si hay libertad, corre, huele, explora, se desboca. Si hay encierro duerme, ronca, sueña que corre, que huele, que explora y se desboca. No sé si todos los perros son así, pero creo que esta habilidad es la que ha hecho que Chiripa lo supere todo. Lo hemos visto pasar por situaciones que podrían haberlo vencido, pero a él nada lo mella. 

Intento aprender de él. Lo miro e invoco su paciencia. Quiero cuidarlo, pero no puedo hacer mucho más que acompañarlo en su quietud. Las caminatas cortas las hace con Andrés, que tiene las dos manos libres para llevarlo de la correa, cargarlo si hace falta subir o bajar, prepararle la comida, darle los medicamentos y lograr que no los bote. Los sigo con los ojos atentos: cuánto amor en cada uno de esos momentos de cuidado. 

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Hace unos días encontré un poema de Claudia Masin, Lo que tarda un hueso roto en soldarse. No había leído nada suyo, pero no podría parecerme más hermoso haberla conocido justo por estas letras: 

“Cuentan

que se puede poner fecha al inicio

de la civilización: empezó

con el primer hueso quebrado y soldado.

Esa soldadura habla. Dice: tuvo que haber

alguien que cuidara, que no dejara morir, alguien

que hiciera por aquel que fue herido

todas las cosas que él no podía, alguien que le proveyera

el alimento y el agua. Una vez

me preguntaste: cómo va a hacer este cuerpo mío,

al que se le saltan los huesos

por debajo de la piel, casi a la vista,

cómo voy a hacer con un cuerpo

así de flaquito, así de endeble,

para aguantar lo que se viene.

Pienso en tus huesos casi visibles, casi

rompiéndose, el comienzo de la civilización no fue la guerra,

fue alguien casi animal, casi humano,

que se quedó despierto vigilando el sueño de un herido

igual de animal, igual

de humano, fue alguien

que esperó lo que tarda un hueso roto

en soldarse: muchos, muchos, muchos días. Al comienzo

no hubo un combatiente sino un enfermero

y un enfermo”. (…)

Aquí estamos, pues, los dos, mi perro y yo, esperando lo que tarden nuestros huesos rotos en soldarse. Nos miramos a ratos, nos acompañamos, nos dejamos cuidar de quien nos cuida. Aprendemos. Sólo quien sabe esperar puede curarse.

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