Hicimos de la vida un Frankestein

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En el justo instante en que el hombre puso sus pies sobre la tierra, se escuchó un sonido atronador, uno que a la postre terminaría por desencadenar toda suerte de acontecimientos que darían como resultado el truncamiento del que ha debido ser el verdadero orden de la vida.

Buscar en la obra de Ray Bradbury Un sonido atronador, un relato de ficción, sería una más de las necedades que pudieramos hacer los hombres, pues en este cuento corto, – tal como resulta ser la vida – se escenifica la que sin ninguna duda ha sido la obra maestra del ser humano, una en la que este – el hombre – como protagonista, prefirió el ímpetu, la respuesta y el ego, sobre la reflexión, la pregunta y la razón, una elección que al igual que la tomada por el Doctor Fausto de la obra de Goethe, un pacto con el diablo, con el demonio – Mefistófeles – que al final resultó ser inconveniente e inapropiado, pues de esa que fuese su gran virtud – el conocimiento – terminó haciendo su más grande lastre. 

Poco o nada hemos entendido del verdadero significado de la vida. De la posibilidad de optar por el ocio, la contemplación y el disfrute, el hombre prefirió salirse del camino tal como lo hiciera Eckels, en la obra de Bradbury, arrojándose con ello a las fauces del trabajo desenfrenado, de la desesperanza y la soledad, pues ese conocimiento que le fue entregado a los hombres como virtud para que entendiera como nadie el orden natural de la vida, al final, lo que hizo fue convertirlo en una herramienta de destrucción… ¡qué imprudentes fuimos! 

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Pues sólo se trataba de disfrutar el juego que se nos había dado, entendiendo sus reglas y no, como en efecto lo hicimos, creando uno nuevo, uno en el que contranatura, de lo que se trataba era de acabar con todo, convirtiendo a los demás jugadores en enemigos a los que se debía diezmar, sin importar si con ello se terminara por arrasar del todo con la vida misma.

Sin lugar a dudas hemos hecho de la vida un remedo del Frankestein de Mary Shelley; hemos construido un nuevo ser distinto al originario, uno sin esperanza, urdido  con los peores retazos de la historia de los hombres, un engendro que, aunque con ciertos rasgos de humanidad, asusta por sus alcances destructivos, por sus posturas de “avanzada”, a través de las cuales se levanta como un demiugo, una deidad capaz de imponer lo material sobre el espíritu.

Pues ya lo advertía Victor Frankestein: “Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al menos por mi ejemplo, lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza”.

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