Heridas abiertas, trata de esclavizados, Occidente y la memoria que nos falta

La resolución de la ONU sobre la trata de africanos esclavizados reabre el debate sobre memoria, colonialismo y las desigualdades que aún persisten en Occidente.
Por: Opinión
13 mayo, 2026
Fernando Carvajal
Por: Fernando Carvajal Sánchez, docente de la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universidad de Ginebra (Suiza).

El término ‘esclavizados’, en lugar de ‘esclavos’, pone de relieve que estas personas no eligieron su situación. ‘Esclavizados’ subraya que fueron forzadas y reducidas a esa condición por otros, mientras que ‘esclavos’ podría dar la impresión de que era simplemente su estatus. Decir ‘esclavizados’ insiste en que sufrieron esta opresión contra su voluntad. De hecho, nunca la aceptaron y finalmente lograron liberarse de ella.

Es una forma de reconocer la injusticia de la que fueron víctimas.

El 25 de marzo de 2026, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución que reconoce la trata de africanos esclavizados como el crimen más grave contra la humanidad.

Los argumentos que la sostienen son contundentes:

  • Entre los crímenes de lesa humanidad comprobados, el esclavismo de personas africanas se extendió por más de cuatro siglos (del XV al XIX) y provocó la deportación de al menos 12,5 millones de personas, una magnitud temporal y demográfica sin equivalente en la historia.
  • A diferencia de otros crímenes surgidos de una ruptura violenta, como la guerra, la trata esclavista constituyó un sistema económico estructurado, legalmente codificado y socialmente normalizado durante siglos. Involucró a Estados coloniales, instituciones financieras, compañías marítimas y comerciales, así como a actores religiosos y académicos cuya prosperidad se sostuvo, en parte, sobre este comercio.
  • Este crimen se distingue por la persistencia de sus efectos, que aún hoy siguen configurando la vida de los pueblos mediante formas racializadas de trabajo, propiedad y capital.

El sistema esclavista modeló desigualdades estructurales: racismo sistémico, subdesarrollo y brechas económicas cuyos efectos permanecen hasta nuestros días.

De los 193 Estados miembros, la votación se distribuyó del siguiente modo: 123 votos a favor, 3 en contra (Estados Unidos, Israel y Argentina) y 52 abstenciones, entre ellas Suiza, Reino Unido, Canadá, Australia, Noruega, Japón y los 27 países de la Unión Europea.

Puede trazarse un paralelo entre esta distribución y la recepción del discurso de Marco Rubio en el Foro sobre la Seguridad de Múnich, en febrero de 2026. Allí, Rubio legitimó la colonización europea, presentada como obra civilizadora, y llamó a un “renacimiento de la civilización occidental”, sustentada en siglos de fe cristiana, historia, cultura y patrimonio comunes. Los delegados de los Estados que semanas después se abstendrían o votarían contra la resolución de la ONU aplaudieron su intervención de pie, confirmando que la categoría ‘Occidente no es una ficción geopolítica, sino una comunidad de intereses unida en la preservación de sus privilegios históricos.

El crimen de la trata de africanos esclavizados sentó las bases de un orden racial que aún hoy se manifiesta, a veces de manera inconsciente y, en otros casos, incluso en la propia legislación. Así, el artículo 25 de la Constitución argentina establece: “El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea…”. Esta disposición, vigente desde 1853, no ha sido modificada en ninguna de las reformas constitucionales posteriores. En la época en que fue redactada, Europa estaba habitada, como sigue ocurriendo, mayoritariamente por personas de piel clara.

Este artículo jerarquiza los grupos humanos según su origen geográfico y racial, y ha influido de manera decisiva en las políticas migratorias del país, uno de los tres que votó en contra de la resolución de la ONU.

La trata de personas y la colonización marcaron la historia con heridas aún abiertas, visibles en nuestra forma de pensar y convivir. Sanarlas exige recuperar la memoria que nos falta, reconocer lo que se perdió y lo que se silenció. Promover una Educación Restaurativa, en Occidente y en todo el mundo, significa aprender a mirar la historia articulando pasado, presente y futuro en busca de justicia, y comprender cómo las estructuras heredadas siguen pesando sobre nuestras vidas. Asumir esa memoria compartida es el primer paso para cuestionar y superar cualquier actitud, incluso implícita, que justifique la herencia colonial.

La resolución de la ONU sobre la trata de esclavizados como el crimen más grave contra la humanidad marca un avance en esa dirección.

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