Ver máquinas trabajando nos genera a algunos la sensación de que nuestros ruegos fueron atendidos y que el futuro sí será mejor, después de todo. Pero es una sensación engañosa.
En el Oriente y en los accesos o salidas de Medellín hay hoy más obra vial que en cualquier momento de las últimas dos décadas. La segunda calzada del Túnel de Oriente avanza. Se anunció el intercambio vial del Alto de Las Palmas. Viene la vía Aeropuerto–Belén, que promete agilizar el acceso al JMC. Y avanzan Llanogrande–Canadá y Santa Elena. La Gobernación dice que puso 373.000 millones sobre la mesa. Todo eso es bueno, qué tal que no. Solo que todo eso llega tarde, muy tarde.
El Túnel de Oriente se abrió en 2019. Hoy lo utilizan más de 30.000 vehículos diarios, muy por encima de lo que los estudios proyectaban para la próxima década. Y la segunda calzada, que debía anticiparse a eso, hoy no supera el 20 % de avance. O nuestros estudios son muy pobres para imaginar el futuro, o este se nos vino encima mucho antes de lo esperado.
El intercambio del Alto, de otro lado, se ve poco ambicioso y tiene cara de que muy pronto colapsará. Como ya no habrá glorieta, los vehículos que llegando de Medellín busquen hacer la U para ingresar a Indiana o al Columbus School tendrán que avanzar hasta el primer retorno, a la altura de las canchas de pádel. ¿De qué longitud será la fila en ese retorno, a primera hora de la mañana, para acceder al colegio? ¿Afectará el nuevo puente que enlazará con la Variante al Aeropuerto? Muy probablemente. Triste.
En El Poblado la conversación es aún menos elegante. En marzo se nos hundió la Avenida a la altura de La Presidenta. Muchos miles de millones se nos están yendo en reparar lo que las lluvias abrieron allí y luego en Las Palmas. Pero eso no es infraestructura nueva, es la factura que nos pasa el descuido. Y el costo real no se mide en m2 de asfalto: hoy en El Poblado hay que salir más temprano, o llegar más tarde, o cancelar lo que no aguante un trancón.
La verdad fastidiosa es que no nos falta dinero, y tampoco nos faltan planes. Los planes están escritos. Lo que falta es voluntad y liderazgo para hacerlos cumplir por encima de las fronteras municipales. Cada alcalde diseña y firma su POT, cada concesión administra su tramo y cada gobernador corta orgulloso su cinta.
Pero la región —que hace rato es una sola ciudad repartida en dos valles— sigue sin dueño. El Área Metropolitana del Oriente lleva años como proyecto porque ningún mandatario quiere pagar el costo político de ceder autonomía. Se sigue pensando en municipios aislados y no en una metrópoli extendida.
Tres cosas cambiarían el rumbo: una autoridad regional con dientes. Transporte masivo entre Aburrá y San Nicolás. Y planeación a treinta años, no a periodo de gobierno.
Mientras tanto, seguiremos inaugurando, henchidos de orgullo, soluciones para el trancón de hace quince años. Obras que llegan tan tarde no son logros con retraso. Son problemas que no resolvimos cuando tocaba y que escalan fuera de control hasta volverse insolubles. ¡Para siempre!




