Para ser honesta, nunca me ha gustado mucho la idea de vivir muchos años. Sin embargo, me siento profundamente atraída por los hábitos, alimentos y prácticas relacionadas con la longevidad. Disfruto cuidar mi salud sin que se convierta en un sacrificio: hacer ejercicio, comer de la forma más natural posible, dormir temprano, practicar la respiración consciente, tomar el sol o evitar el alcohol son decisiones que, más que obligaciones, forman parte de mi bienestar cotidiano.
En el mundo animal es poco frecuente encontrar especies cuya vida se prolongue significativamente después de la fase reproductiva, como ocurre en los seres humanos. Los chimpancés, por ejemplo, rara vez superan los 50 años. Su esperanza de vida suele coincidir con el final de su etapa fértil. Desde una perspectiva evolutiva, podría parecer lógico que la vida termine cuando deja de cumplirse la función reproductiva.
Pero, como plantea Daniel E. Lieberman, los seres humanos somos una excepción fascinante: los adultos mayores están lejos de ser biológicamente obsoletos. Para entenderlo, basta observar que las hembras de otros primates suelen cuidar una sola cría a la vez y con escaso apoyo. En el caso de los chimpancés, una madre puede tardar hasta cinco años en volver a ser fértil, pues necesita destetar completamente a su cría antes de recuperar suficiente energía.
En contraste, nuestros ancestros cazadores-recolectores desarrollaron una dinámica distinta. Las mujeres podían tener varios hijos en distintas etapas de crecimiento simultáneamente: un bebé, un niño pequeño y otro mayor. Esto implicaba una demanda energética enorme, imposible de sostener sin ayuda. Y esa ayuda provenía, en gran medida, de los adultos mayores.
Diversos estudios antropológicos han demostrado que abuelos, abuelas y otros miembros de mayor edad desempeñaban un rol activo y fundamental en estas comunidades. No solo contribuían a la obtención de alimentos —muchas veces recolectando más calorías de las que consumían—, sino que también aportaban conocimiento, experiencia y habilidades esenciales para la supervivencia del grupo. Su papel se extendía durante décadas después de la edad fértil.
Esta evidencia resulta clave para comprender que el envejecimiento no es una etapa pasiva por naturaleza. Por el contrario, ha sido históricamente una fase activa, productiva y socialmente valiosa. Sin embargo, la narrativa moderna parece haber distorsionado esta realidad.
Hoy en día, con frecuencia se asocia la vejez con la inactividad: se espera que las personas mayores reduzcan su nivel de exigencia física y se limiten a actividades tranquilas como leer, coser o pintar. Aunque estas prácticas son valiosas, no deberían reemplazar el movimiento ni el esfuerzo físico. Hemos confundido descanso con sedentarismo.
Un estudio realizado con miles de mujeres evidenció que, en el siglo XXI, una mujer estadounidense entre los 18 y 40 años camina en promedio 5.756 pasos al día. No obstante, esta cifra disminuye considerablemente con la edad, hasta reducirse casi a la mitad en la década de los setenta.
Si aceptamos que los seres humanos fuimos seleccionados para vivir mucho más allá de la reproducción, también deberíamos aceptar que no fuimos diseñados para vivir esos años en la inactividad. Hoy, incluso cuando muchas personas deciden no tener hijos, seguimos teniendo la capacidad —y la necesidad biológica— de mantenernos activos durante toda la vida.
No deberíamos normalizar el envejecimiento como sinónimo de enfermedad o deterioro inevitable. Nuestros hábitos influyen directamente en la calidad de esa etapa. La salud en la vejez no es un accidente: es el resultado acumulado de nuestras decisiones.
Esta reflexión es, en esencia, una invitación a replantear nuestro estilo de vida. A no naturalizar jornadas enteras sentados, a no posponer el movimiento para “después”. Nuestro entorno ha cambiado radicalmente: ya no necesitamos cazar ni recolectar alimentos, pero tampoco hemos adaptado nuestro cuerpo a la inactividad extrema.
Hoy accedemos a la comida en una tienda cercana, muchas veces desplazándonos en vehículos motorizados. Trabajamos largas horas frente a pantallas. Este nivel de sedentarismo no corresponde a nuestra biología, y sus consecuencias se reflejan en la pérdida de fuerza, movilidad y vitalidad con el paso de los años.
Las personas mayores siguen siendo esenciales para la sociedad. Su conocimiento, experiencia y perspectiva enriquecen a las nuevas generaciones. La vejez puede ser una etapa plena, activa y llena de sentido. Pero esa posibilidad no aparece de forma espontánea: se construye desde la juventud, a través del movimiento, los hábitos y la decisión consciente de mantenerse vital.





