El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, un sismo de magnitud 7,4 sacudió gran parte de Colombia: Pereira, Cali, Manizales, Armenia y Quibdó, además de otros muchos territorios apartados, quedaron entre escombros. Pero junto a las imágenes del derrumbe apareció otra escena, menos ruidosa y muy reveladora, vecinos que llegaron antes que las máquinas y removieron ladrillos con las manos buscando vida, familias que abrieron sus casas a desconocidos o recogieron cosas como fotos, ropa, o enceres que podrían ser de valor sentimental para quienes lo perdieron todo. Filas de personas donando agua, colchonetas y tiempo. En medio de la peor noticia, se encendió una luz.
Esa es, quizás, la lección más profunda de las tragedias, porque no nos definen los hechos que pasan, sino la manera como reaccionamos ante ellos. Cada ser humano tiene sus luces y sombras y las circunstancias difíciles actúan como una radiografía que saca a la superficie lo que se tiene por dentro. Hay quienes, ante el dolor ajeno se conmueven y actúan y quienes solo encuentran motivos para criticar o quejarse.
La escritora Rebecca Solnit estudió durante años cómo se comportan las comunidades después de un desastre y documentó que lo que suele surgir tras el desastre son comunidades que se abrazan en ayuda mutua, improvisadas, generosas y sorprendentemente eficaces (Solnit, 2009). La solidaridad no es un accesorio moral o religioso, es una capacidad humana profunda que está siempre latente y que la emergencia la potencializa.
Esas luces son las que nos permiten salir adelante como sociedad, hacen posible imaginar la reconstrucción, pensar en el futuro y sostener la convicción de que todo tiene solución. Esta sensación de “sí se puede” queda resumida en una frase que se repite constantemente en las personas que han sufrido en el desastre “vamos para adelante”.
Existe también el comportamiento contrario, está la queja o el cuestionamiento permanente, que convierte cada dificultad en prueba de que nada funciona, ese escepticismo que descalifica cualquier iniciativa antes de que nazca, o esa energía densa que entra a una sala y apaga las ideas de los demás. Ninguna de esas actitudes construye una casa u cura una herida, pero sí hacen algo poderoso y peligroso: contagian, desgastan y roban la luz a quienes estaban dispuestos a encenderla.
La psicóloga Barbara Fredrickson demuestra en su teoría de “ampliar y construir” que las emociones positivas como la gratitud, alegría, esperanza y amor amplían nuestro repertorio de pensamiento y acción, y edifican recursos duraderos que se transforman en vínculos, resiliencia, creatividad y salud. Las negativas, en cambio, estrechan el campo de visión y nos preparan para huir o atacar, no para crear; describiendo algo decisivo: los “espirales ascendentes”, que alimentan el bienestar de una persona lo produce en otra, formando una reacción en cadena (Fredrickson, 2001).
Entre esos dos comportamientos hay una elección que se toma todos los días, no solo cuando tiembla. Ser luz no exige acciones heroicas o historias en redes sociales para alcanzar más “likes”, empieza en el propio contexto, en la manera de saludar a las personas con las que se comparte durante el día, en la paciencia con quien va más lento, en la decisión de no repetir el chisme, en la escucha atenta a otra persona; son actos pequeños, pero profundamente transformadores.
Quien genera paz y bienestar a su alrededor pone en marcha una cadena que, seguramente, no conocerá del todo. Un gesto amable produce otro, una comunidad que se cuida enseña a otras a cuidarse, y así, se construye un país mejor.
Colombia no necesita únicamente carreteras, conectividad y seguridad. Necesita, sobre todo, mejores seres humanos.
¡Y esa es una elección que cada uno de nosotros puede comenzar hoy!




