Mi abuela me hablaba sobre un sujeto que entraba todas las noches a su habitación. Cuando todos los demás estábamos durmiendo, entraba en el armario, abría el cajón donde estaban todas las fotografías familiares y, noche tras noche, se robaba una de ellas.
“Anoche vino y se llevó las fotos de mi matrimonio con tu abuelo; ahora ya no puedo evocar el color de mi vestido de novia… Y, hace una semana ,se llevó la foto donde aparecemos tus cuatro tíos, tu mamá, tu abuelo y yo. Lo sé porque ya se me hace difícil nombrar a cada uno. Yo sé que él viene a robarse las fotos porque, cada vez que se mete sin permiso a mi armario para llevarse otra, se me hace más difícil imaginar lo que había en la imagen que se llevó…
Tus tías y tu mamá no me creían cuando les decía que existía tal ladrón, pero yo sabía, por la memoria de tu abuelo, de qué estaba hablando…
Pero, no te preocupes, mija, porque aunque este ladrón es muy astuto y entra a hurtadillas para que yo no me dé cuenta, yo me le adelanté en astucia y escondí el tesoro más preciado que tengo en un lugar donde nunca lo podrá encontrar, por más que esculque en ese cajón”.
Mi abuela falleció hace un año. Fue diagnosticada con Alzheimer y no olvido que, en sus últimos días, aunque ya no podía articular palabra, su mirada de amor hablaba por ella. Entonces, evoqué la historia que me contaba del ladrón de fotos y entendí que este sujeto, por más que buscara, nunca iba a encontrar en aquel cajón su recuerdo más querido: el amor. Mi abuela, muy astutamente, lo había guardado en otro lugar.





