Con bastante regularidad se nos torna difícil gestionar un diálogo en medio del conflicto, en una sociedad que nos ha enseñado que poner de manifiesto un desacuerdo es perjudicial o atenta contra la convivencia. Así, se instala la famosa norma social de evitar hablar de fútbol, religión o política en los círculos más íntimos, como la forma más pragmática de no exponernos a una verdad distinta a la nuestra. Una verdad que probablemente detonará una emoción incómoda que no hemos aprendido a sostener.
Sin embargo, el disenso no es la excepción, es la condición natural de la interacción entre seres humanos. Dos personas o grupos con historias, experiencias y sensibilidades distintas no solo van a diferir, sino que, precisamente en esa diferencia, se encuentra la posibilidad de complementarse y de construir caminos que antes no existían para ninguna de las partes.
El problema es que llegar hasta ese punto es el tramo más exigente. Cuando el disenso se percibe como ataque, el cerebro activa respuestas defensivas que limitan nuestra capacidad de apertura. Diversos estudios en neurociencia señalan que, a menudo, cuando sentimos que está en juego nuestra forma de ver el mundo, percibimos amenaza y la amígdala puede activar reacciones de lucha, huida o bloqueo, reduciendo la capacidad del córtex prefrontal para procesar información compleja y tomar decisiones reflexivas.
Es allí donde emerge la polarización; la polarización que habita en lo cotidiano, en la incapacidad de dos personas de moverse de su posición inicial hacia un territorio intermedio donde sea posible comprender, negociar e incluso ceder en beneficio de un acuerdo mayor.
Como plantea John Paul Lederach, el conflicto no es en sí mismo el problema, sino nuestra incapacidad para sostener su complejidad. En muchos casos, el diálogo en medio del conflicto genera una ansiedad que nos impulsa a simplificar la realidad. Lo más fácil es cortar la conversación o atribuir la culpa a otro y así evitamos nuestra propia responsabilidad en la relación y en el resultado del conflicto. En lugar de humanizar, caemos en la tentación de demonizar.
En más de una ocasión, el diálogo se rompe antes de siquiera comenzar. Se interrumpe con cambios de tema, silencios improcedentes o con afirmaciones categóricas que clausuran la posibilidad de explorar lo que el otro piensa o siente. Perdemos así la oportunidad de comprender el sistema en el que ese conflicto existe, las historias, heridas y miedos que lo sostienen y lo perpetúan.
El diálogo constructivo exige la práctica poco habitual de sostener la incomodidad sin huir de ella y reconocer que el otro, incluso en su diferencia, tiene una parte de verdad que puede enriquecer la nuestra. Supone también aceptar que el conflicto es un espacio de transformación, no solo del otro, sino de nosotros mismos.
Un reto contemporáneo importante no es evitar el conflicto, sino aprender a habitarlo de otra manera para fortalecer nuestras relaciones sobre acuerdos más constructivo que nos hagan evolucionar como sociedad.





