Si hay algo que nos distingue a los seres humanos es nuestra capacidad reflexiva y crítica y es por eso delicado dejarse llevar por la creencia de que quien cambia de opinión es por pobreza y falta de rigor en sus principios. Vale la pena no dejarse confundir, porque los valores permanecen mientras las opiniones pueden perfectamente variar según la edad, el conocimiento, el contexto, la experiencia, la capacidad de escuchar a los otros. Lo anterior se comprueba fácilmente a medida que crecemos y maduramos porque, con el paso del tiempo, nuestros pensamientos pueden cambiar y ser bastante diferentes.
Se habla mucho de una sana práctica para intentar consolidar posturas más inteligentes, coherentes, serenas y críticas en épocas de turbulencias ideológicas, para que no todo sea cuestión de lógica, pero tampoco de emocionalidad. Se trata de contrastar fuentes de actores distintos, serias, confiables, para poder construir la propia mirada. Solo así se compara, se aprende, se sopesa y se decide responsablemente.
Como es apenas obvio, cada uno, por natural coherencia, supone estar del lado cierto, correcto, seguro y verdadero; pero, al suponer que estamos en lo cierto, en verdad es difícil lograr mantener bajo control la complejidad humana que se organiza a partir de muchas subjetividades, de prejuicios que prevalecen en las culturas y que apenas logramos identificar y ser conscientes de ellos porque terminan siendo procesos muy automáticos en nuestras formas de ser, sentir, estar, decir e intervenir.
No se trata, de ninguna manera, de poner todo en suspenso, porque eso sería una fuente de grandes incertidumbres; pero tampoco de aceptar e interiorizar todo sin que medie la reflexión, porque también sería ingenuo y peligroso, sin mencionar que una actitud así es el punto de partida de los excesos de los fundamentalismos. Se trata más bien de un inteligente ir y venir, tipo columpio, entre nuestras más hondas verdades y certezas y nuestras confusiones, temores y dudas. La sabiduría se mueve en ese péndulo adaptativo que hace posible una vida en constante movimiento. Es por eso mismo que el error – acierto está siempre presente. Cuando nos preocupamos por la convivencia como el arte de vivir bien estando juntos, no sólo para sobrevivir sino también para crecer y mejorar, es vital entender que todos, y no solo unos pocos, somos protagonistas de la vida social y política. Tenemos voz y voto; pero también tenemos ojos, oídos, cabeza y corazón para ir apreciando, aprendiendo de los demás, es decir, para ir calificando nuestra mirada. Solo así será posible el íntimo deseo de ser mejores personas, de ir creciendo en humanidad y entendimiento.
Se trata entonces de no perder ninguna oportunidad para manifestarnos con claridad y sinceridad, escuchar con legítima atención e interés, observar con detenimiento, interrogar e interrogarnos con valor para, de esa manera, construir acuerdos de bien común. No importa mucho si esos temas y asuntos acordados son temporales, porque también tenemos presente nuestra naturaleza imperfecta e incompleta, que buscará incesantemente mejorarse.
Está pues en manos de cada uno de nosotros entender que no somos el ombligo del universo, que la última palabra no tiene que ser siempre la nuestra. Se trata de entrenarse en el ejercicio pedagógico de la duda, de la sospecha de la propia verdad, para permitir que en algunas oportunidades el otro pueda convencernos con la riqueza de unos argumentos que son diferentes a los nuestros, y agregaríamos así algo interesante y valioso a nuestra comprensión del mundo. Así, el diálogo y la conversación, como un verdadero “alambique de la convivencia”, nos enriquecen a partir de las diferencias y las contradicciones para ser capaces de poner en discusión nuestras propias ideas y convicciones.





