A manera de premonición, la temporada del béisbol de las grandes ligas comenzó este año en Tokyo. Se está volviendo costumbre en los Estados Unidos que los deportes de dicho país inician su temporada en el exterior, con el fin de ganar afición en el ámbito internacional. Y digo que fue como una premonición, porque ayer el japonés Yoshinobu Yamamoto (o simplemente Yamamoto), se convirtió en el héroe de su equipo, los Dodgers de Los Ángeles, al llevarlos a obtener el segundo campeonato de la Serie Mundial, de manera consecutiva (y noveno título en la historia del equipo), lo que en deportes se llama back-to-back (algo que no ocurría hace 25 años, cuando los Yankees de New York ganaron el título en las temporadas del 98, 99 y 2000).
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Los Dodgers habían ganado la serie el año pasado derrotando a los Yankees (los aficionados de los bombarderos del Bronx no olvidaremos ese fatídico quinto inning), y anoche lo hicieron venciendo a los Blue Jays de Toronto en un partido que será inolvidable, aún para los que no nos gusta ninguno de los dos equipos, pero que nos gusta disfrutar del buen béisbol.
Shohei Ohtani y Roki Sasaki también nipones, contribuyeron de manera significativa a la victoria. Y es que esta Serie Mundial tuvo de todo: lo principal, llegar hasta el juego siete (el trofeo lo alza quien gane cuatro partidos de siete, por lo que Juego Siete es música para los oídos de cualquier aficionado). El juego tres duró 18 innings (normalmente son 9, pero si hay empate hay que seguir jugando hasta que haya un ganador), 6 horas y 40 minutos.
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Mi papá siempre decía: hay que verlo hasta el final, así el final sea a las dos de la mañana (menos mal no es algo de todos los días). El de ayer no fue tan largo (“solo” cuatro horas y siete minutos). Cuando el equipo de Los Ángeles empató en el noveno inning, estando solo a dos outs de perderlo todo, mi mamá exclamó: “ay no, otra vez 18!”, temiendo que nos esperara otra trasnochada. Pero no fueron 18, fueron 11. Hay que tener nervios de acero para pararte allí, frente a un bateador, con bases llenas, sin outs, que con un toque del bate puede impulsar la carrera que hará que sea el rival quien se lleve la victoria. Y no solo Yamamoto lo logró sin espabilarse, el juego terminó con una de mis jugadas favoritas, en mi opinión una de las más bonitas en este deporte: un doble play, (palabras más palabras menos, lograr dos outs a partir de una sola jugada).
Los Blue Jays habían ganado su última Serie Mundial en 1993 (que también fue backto-back, pues la habían ganado en 1992), en ese entonces la victoria la obtuvieron por un homerun de una de sus leyendas (Joe Carter), y por esas ironías de la vida, tanto el homerun que les dio el empate como a la postre, el que les daría la victoria a los Dodgers, fueron a parar al mismo sitio al que, en 1993, permitió celebrar a los canadienses.
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Muchas enseñanzas quedarán de este partido, no solo a nivel deportivo. Retroceder nunca, rendirse Jamás era una película ochentera de Jean-Claude Van Damme, y hoypodríamos aplicarla a este equipo de los Dodgers, que nunca perdieron la fe, que a pesar de estar al borde de perderlo todo, no perdió ni la concentración ni las ganas de triunfar.
Visto desde el otro lado, cómo levantarse después de semejante golpe (en el caso de los Blue Jays), cuando estuviste tan cerca de la gloria, pero en un parpadeo se te escapa como el agua entre las manos. Quedas con el corazón roto, pero al día siguiente sale el sol, y seguirá doliendo, pero ese dolor será el que te de la energía para continuar adelante y prepararte para la próxima salida.
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Por lo pronto, los familiares y amigos de nosotros los aficionados, nos recuperan, vuelven a tener toda nuestra atención. Ya no será necesario reprogramar reuniones porque “es que la Serie se fue a siete juegos y no me lo quiero perder”, nos verán un poco ojerosos y cansados por las trasnochadas, pero felices por haber disfrutado de este maravilloso deporte, y de historias que solo se dan en el Clásico de Otoño.





