¿Cuándo fue la última vez que te quedaste en una emoción incómoda, sin intentar arreglarla? No distraerte, no explicarla, no suavizarla para que sea más presentable.
Quedarte.
La mayoría no sabemos responder esa pregunta y no es casualidad: nadie nos enseñó a estar tristes. Nos enseñaron a avanzar, a resolver, a mostrarnos bien, y sobre todo, ahora, a editar la vida antes de compartirla.
Nos dijeron que era mejor no incomodar, y el resultado de esto es una generación extraordinariamente hábil para distraerse y bastante torpe para sentir.
Parte del problema es que ni siquiera sabemos nombrar bien lo que nos pasa, confundimos o evitamos estados y sentimientos y, al hacerlo, perdemos información valiosa sobre nosotros mismos.
El aburrimiento, por ejemplo, no es el enemigo que creemos. Es un umbral, ese momento en el que, al desaparecer el estímulo externo, la mente empieza a buscarse a sí misma. Ahí podrían aparecer ideas propias o preguntas incómodas, e incluso, claridad.
Pero justo antes de que eso ocurra, hacemos lo que mejor sabemos hacer: interrumpirnos. Abrimos el teléfono, cambiamos de estímulo y nos escapamos; no del aburrimiento, sino de lo que podría emerger de él.
La frustración, por otro lado, es distinta: tiene dirección e intención, es energía que no encuentra salida y por eso algo duele, porque todavía importa, porque todavía hay deseo, porque contrario a eso está el que ya no quiere, y ese no se frustra: se resigna; por eso, bien leída, la frustración es casi un mapa que te dice dónde estás y hacia dónde ibas antes de bloquearte, pero como no sabemos qué hacer con ella, la confundimos con un problema en lugar de leerla como señal.
Y luego, llega la decepción: más silenciosa, más honda, porque antes hubo confianza, porque antes hubo una idea, a veces muy nítida, de cómo iban a ser las cosas. La decepción no procesada no desaparece, se acumula, se endurece y a veces se vuelve cinismo, distancia… esa forma engañosa de no volver a creer del todo.
Por eso hay q ser capaces de identificar y procesar, transitar, observar, sentir y avanzar, pero en lugar de hacerlo, nos rodeamos de pequeñas cápsulas de felicidad ajena, de treinta segundos bien iluminados y editados.
Así, sin darnos cuenta, empezamos a medir la vida propia con la vara de otro. Y el problema no es que esperemos demasiado de la vida, es, que muchas veces, esperamos de la vida de otros. Se vuelven expectativas prestadas y aburrimiento propio y es ahí donde caemos en la trampa.
La salida a esta situación no es heroica, ni épica, ni tiene narrativa de superación inmediata. Es algo mucho más simple y mucho más exigente: parar.
Quedarse un poco más en el silencio que incomoda, antes de corregirlo, antes de distraerlo, antes de explicarlo.
Preguntarse, sin prisa, qué hay detrás del mal humor, de la pereza, del vacío raro de un domingo en la tarde, no para resolverlo de inmediato, si no para comprenderlo.
La vida no es solo luz, ni debería ser, pues demasiada luz encandila y demasiada sombra enfría el alma. El equilibrio no es estar bien todo el tiempo, es poder moverse entre ambos mundos sin perderse.
Estar triste, a veces, es una forma de lucidez; frustrarse es señal de que algo sigue vivo; decepcionarse duele, sí, pero también significa que uno se atrevió a esperar.
Nada de esto es un error, es más bien, como me dice David Escobar, que cada sentimiento es información a veces incómoda, pero profundamente valiosa.
Por otro lado, no todo tiene que ir a Instagram, a TikTok o a X, no todo tiene que convertirse en contenido en redes. Lo cierto es que sí necesita existir en algún lugar, en esa conversación honesta con tu pareja, un amigo, tu familia o con un terapeuta, con alguien que escuche sin apurarte a estar bien, en un espacio donde no haga falta editar lo que duele, y cuando digo alguien, me refiero a un ser humano, no una inteligencia artificial que te hace sentir bien, te valida y te dice lo que quieres oír.
No agrandemos más la brecha entre los humanos. Los chat GPT, Claude y demás que nos tienen obnubilados, nos están llevando, en esa conexión disponible permanentemente, a desconectarnos entre nosotros, les preguntamos todo, desde una receta hasta la solución de los problemas con tu pareja, como acompañar a un hijo en un momento de su adolescencia o como tener una discusión empresarial. El sistema, en su tono complaciente, empieza a generar ese estimulo de recompensa que buscamos, nos habla en tono condescendiente, el cerebro se siente comprendido y allí el refugio se hace casi instantáneo, le ponemos nombres o apodos cariñosos y en ese abrazo artificial nos vamos perdiendo y alejando del mundo real.
Hacer la pregunta correcta, a veces hasta repetirla, detona una conversación. Si automáticamente te responden: “muy bien” a un simple ¿cómo estas?, un segundo “¿cómo estás?” cambia posiblemente a un moderado “bien”, ya un tercero puede sacar la verdad liberadora, “¿cómo estás?”: “más o menos” y se suelta una conversación que sana. Muchas veces el que pregunta tampoco quiere saber lo que le pasa al otro lado, pero como amigos, lideres, parejas o padres podemos tener el coraje para sentir al otro y en ese instante de compasión volver a preguntar y dejar que salga todo eso que estaba tallando en el corazón. Yo lo hago y me funciona, en ese tercer ¿cómo estás?, he tenido unas de las conversaciones mas reveladoras de mi vida.
Hablar de lo que incomoda con un humano también es una forma de cuidarse, de generar un vínculo, nada reemplazara una mirada a los ojos, el calor de un abrazo o incluso un silencio al lado de alguien que se abrió para escucharte.
Ahora dejo por aquí una extraña invitación a que encontremos ese espacio para la tristeza sin drama. Alguna vez leí en un viejo tweet, como se le decía en esa época que parece ya antigua, que decía:
“Allá está mi padre oyendo música triste, debe estar feliz”.
Desde afuera, alguien podría pensar que está mal y, sin embargo, hay algo profundamente sano en eso, en no huir, en permitir que la emoción termine de decir lo que vino a decir. Parte de la gracia y de la verdad está ahí; en poder reconocerlo, en no maquillarlo, en no correr cada vez que aparece el silencio.
El bienestar real no es inmediato ni un jardín de rosas, tiene sus espinas y esas, definitivamente, no caben en treinta segundos.





