He tenido la fortuna de participar como jurado en varios espacios donde emprendedores presentan sus ideas —muchos en nuestra ciudad, otros en el ámbito nacional— y hay algo que siempre me queda dando vueltas: el talento está, las ideas también, pero aún estamos en ese punto en el que necesitamos dar un paso más hacia adelante.
Creérnosla. Sí, creernos el cuento de que tenemos todo el potencial y las ideas correctas para seguir escalando globalmente, para competir codo a codo con mentes de cualquier lugar del mundo.
Porque cuando uno escucha con atención, es evidente: hay algo poderoso ahí, una mezcla de capacidad, intuición y resiliencia que no es menor pero lo interesante es que no se trata de lo que nos falta, sino de lo que ya está y aún no terminamos de dimensionar e interiorizar.
Es, en el fondo, una invitación a mirar más lejos, a imaginar distinto, a no ponerle techos invisibles a lo que apenas comienza o va en proceso de crecimiento.
No es casualidad que nuestro talento cruce fronteras y, muchas veces, decida quedarse en otros lugares del mundo. Que construya carrera en otros países, que crezca, que lidere. Tampoco es menor que hoy, desde Colombia, tantos estén trabajando para empresas globales, siendo parte de grandes decisiones y resultados que trascienden cualquier geografía. El mundo no solo ya nos vio: ya está apostando por lo que somos capaces de hacer, ya nos abrió la puerta. La pregunta, entonces, deja de ser externa y se vuelve profundamente personal:
¿Nos la creemos nosotros?
Si logramos unir las capacidades locales que ya son evidentes con una mentalidad de pensar en grande —y no hablo de levantar inversión ni de crecer de forma des estructurada— sino de asumir, de verdad, que tenemos las competencias necesarias para jugar en ligas globales, el impacto puede ser transformador, no solo para las empresas sino para la manera en que entendemos nuestro propio alcance. Porque pensar en grande no es un discurso, es una decisión: es diseñar con estándares más altos, es compararse con ideas del mundo, es exigirse un poco más allá de lo evidente, es construir con la convicción de que lo que nace aquí puede encontrar su lugar —y su valor— en cualquier parte del mundo, incluso en medio de nuestros propios retos.
Y tal vez ahí está el punto de inflexión. Entender que crecer toma tiempo, que requiere recursos, foco y paciencia, pero que nada de eso debería reducir el tamaño de lo que nos permitimos imaginar. Porque quienes tienen claro el norte y se atreven a pensar en grande, empiezan a caminar distinto, deciden distinto, construyen distinto.
Al final, el siguiente nivel no necesariamente está en hacer más, sino en imaginar y retarse mejor.
El reto está en dejar de anticipar límites y empezar a actuar desde la posibilidad, desde la convicción. En creernos, de verdad, el cuento.





