Recuerdo muy bien aquel día: el momento en el que me di cuenta que estaba perdiendo el control. Me dirigía en mi auto, como de costumbre, al trabajo. El mismo tráfico de siempre, la misma ruta de siempre, el hábito de siempre de revisar el celular mientras iba conduciendo. Pero, esta vez, el resultado cambió: tuve que frenar en seco para evitar una colisión con el auto que estaba adelante y, aunque el video que estaba viendo en redes sociales continuó reproduciéndose, desde ese instante, mi vida hizo una pausa…
Respiré profundo y, con el corazón más en calma, logré llegar a la oficina. Cerré la puerta y tuve esta conversación conmigo misma para revisar por qué, horas más temprano, casi ocasiono un accidente.
Creo que no me había dado cuenta que me estaba volviendo adicta a mi celular. Las señales estaban, pero no me había detenido a analizarlas… Ya me resultaba extenuante leer páginas y páginas enteras de aquellos libros que me calentaban el alma; ya no era capaz de escuchar con atención a las personas que me rodeaban (y siempre me había considerado alguien “bueno para escuchar”). Estaba notando que no leía los textos o correos de principio a fin, en lugar de esto, me saltaba la información entre líneas para llegar más rápido al corazón de la noticia y luego, se me dificultaba recordar la información que había acabado de leer…
También, estaba notando que me costaba escribir con fluidez a mano, que los números de teléfono que usualmente recordaba, se me estaban olvidando y que ya no toleraba sentirme aburrida. En pocas palabras, estaba olvidando lo que le daba sentido a mi esencia.
Decidí hablar con una psicóloga del trabajo, quien me explicó que todo esto estaba relacionado con el exceso de dopamina que cada notificación, cada video y cada “me gusta” generaban en mi cerebro. Incluso, el hecho de deslizar la pantalla cada tres segundos para pasar a otro contenido, desencadenaba esta liberación.
Es como si el cerebro recibiera “momentos” de satisfacción por cierto período de tiempo, como si estos videos fueran un helado de chocolate que se disfruta bajo la sombra de un árbol en medio de un día caluroso… Todo va bien, hasta que el helado se acaba y hay que buscar otro (tal vez más grande, o de otro sabor), para que el cerebro vuelva a generar esta dopamina.
Entonces, el señor que vive en mi cabeza deja de sentirse estimulado por lo cotidiano de la vida y entra en una búsqueda constante de ese delicioso “helado” que lo espera a un clic de distancia.
Lo comienza a buscar en el baño, en la ducha, en la cama antes de acostarse, en la cena, en las fechas importantes, en el cumpleaños de la abuela, en el metro, mientras camina, en el cine, en el parque, en la iglesia, en el ascensor, mientras habla con alguien más… mientras está conduciendo.
Por esto, es que ya no es tan fácil recordar las fechas, los números de teléfono, los nombres de ciertas personas, incluso ya no es tan sencillo recordar palabras cotidianas. Ya los libros parecen aburridos y las conversaciones entre amigos se hacen eternas. El insomnio comienza a alojarse en la almohada y la concentración cada vez se vuelve más esquiva, porque en el interior, ese cerebro inquieto busca desesperadamente su dosis de dopamina. La vida se vuelve aburrida.
Para resumirles la historia, usé mi celular una vez más… pero, en esta ocasión, no era para revisar los videos virales sino para buscar ayuda. Encontré un campamento diseñado para la desintoxicación digital. Todos me conocen por mi determinación, obstinación y decisión para alcanzar mis objetivos, entonces pensé: “¿Por qué no?”.
Les contaré cómo me va y si mi cerebro logra reconectarse consigo mismo.
Recuerden que me llamo Francisca… y que tengo adicción por mi celular.





