Confesiones de una adicta al celular: modo offline

Con esta, Maleja Letras cumple con la segunda parte de la trilogía sobre la adicción al celular.
Por: Opinión
11 noviembre, 2025
Maleja Letras
Por: María Alejandra García Hernández. Médica de la UPB, especialista en Neurodesarrollo, Aprendizaje y Gerencia de la Salud Pública de la Universidad CES. Creadora del emprendimiento: Maleja Letras, en el que la medicina nos cuenta grandes historias.

El silencio mental era insoportable.

Me di cuenta de que me sentía muy a gusto cuando estábamos mi celular y yo, como dos viejos amantes que se conocen sus caprichos desde hace tiempo atrás, yo le tenía paciencia cuando se volvía lento y él, me corregía con cariño mis errores de ortografía. Pero, esta nueva situación que estaba viviendo, en donde me encontraba a solas conmigo misma, realmente era algo muy incómodo: ¿quién era Francisca sin su celular? ¿Qué actividades le gustaba hacer antes de que el celular se apoderara de su vida? ¿Qué emociones está sintiendo en este momento, ahora que no tiene su celular?… Esas fueron algunas de las preguntas que el instructor nos pidió que meditáramos y analizáramos, mientras estábamos en nuestras habitaciones (lugares en donde no dormía ningún aparato tecnológico), de la casa de retiro, en donde me interné durante un fin de semana (para colmo de males, con puente), con el objetivo de combatir mi adicción al celular y recuperar el control de mi vida.

El lugar se llamaba Offline, y precisamente fue ese detalle el que más llamó mi atención cuando busqué en internet. El concepto me pareció muy atractivo: “un lugar donde la señal de tu celular se pierde, para que te reconectes contigo mismo”. La idea era pasar un fin de semana rodeada de naturaleza, cielos estrellados, un riachuelo, luz natural, ejercicios para desconectarse de las pantallas y compañeros, quienes, al igual que yo, querían darse una segunda oportunidad consigo mismos.

Luego de llegar al lugar y de pasar el protocolo de presentarme frente a todos, una difícil separación fue realizada: a cada uno de los participantes se nos solicitó que nos despidiéramos de nuestros teléfonos y los dejáramos encerrados en un cajón. Al finalizar el retiro, nos serían devueltos. Aunque estaba consciente de que se trataba de un objeto inanimado, una parte de mí sintió pesar por abandonarlo, en ese cajón húmedo, en lugar de estar a mi lado, entre mis dedos… definitivamente, había tocado fondo.

Luego subimos a nuestras habitaciones no sin antes tener toda la información por escrito de lo que podríamos experimentar:

  • Día 1: puede aparecer una sensación de una mente ansiosa y un cuerpo inquieto. Nerviosismo, leve sudoración, dificultad para concentrarse en las actividades y el pensamiento repetitivo sobre qué estará sucediendo en el mundo (redes sociales, noticias), en este momento y que tú te estás quedando atrás.
  • Día 2: vas a sentir que tu cuerpo empieza a relajarse, el sueño mejora, la respiración se vuelve más lenta. La mente se aclara y puede aparecer la pregunta “¿Qué he estado evitando sentir?”. Pueden surgir recuerdos, emociones viejas, una sensación de recordar lo que antes te hacía feliz, lo que definía tu verdadera esencia. Puede que la ansiedad por no tener tu celular, aparezca de vez en cuando y entre en conflicto con tu proceso.
  • Día 3: vas a notar que ya el silencio no te incomoda, ahora te acompaña. Te sientes más ligero, tienes mayor claridad mental. Te reconectas con tus sentidos: el sonido del riachuelo, el canto de los pájaros, los sabores… Ahora, eres capaz de seguirle el ritmo a la conversación de tus compañeros, sin sentirte aburrido y mostrando interés genuino. La paz mental y emocional vuelven.

También, les tengo que comentar algunas palabras sobre mis compañeros de retiro. Leonor, es una abuela de 80 años, a quien su familia le compró la estadía en el retiro, porque, en lugar de conversar con todos, como solía hacerlo en las reuniones familiares, se dedicaba a llenar el carrito de compras con cojinería, camisas, adornos y utensilios de cocina, que aparecían en páginas de compras por internet.

José María, un jubilado de 61 años, quien se fue encorvando por estar pegado a la pantalla de su celular y a quien su familia, un día no lo pudo encontrar porque se confundió con otro mueble más de la casa. Y, Tobías, un joven de unos veintitantos, quien solamente se comunicaba con su familia a través de mensajes de texto, tenía su cuello anquilosado por mirar tanto para abajo hacia la pantalla y cuando estaba dormido, su índice derecho seguía deslizándose hacia arriba, con la intención de pasar los sueños que no le llamaban la atención.

Les contaré cómo nos fue y, si en secreto, le tejí una cobija a mi celular para que no le diera frío por las noches.

Recuerden que somos Leonor, José María, Tobías y Francisca, y por lo menos, ya dimos el primer paso para vencer nuestra adicción.

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