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¡Cómo puede ser que la masa sea más rica que la carne, señores!

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En estos más de 110 días por las calles de mi barrio he escuchado de todo y en vivo y en directo: grupos vallenatos con cantante femenina, vallenatos con voz masculina, trío de música tropical y de salsa, que haría que el propio Varela se sume para seguir el ritmo; también ha pasado por aquí un hombre que hace trueque de bolsas de basura por comida, uno que viene con sus hijos chiquitos, otro que los dejó con una vecina, además medio grupo de mariachis que, ante las dificultades, le dan duro y suenan como si estuvieran completos.

Pero entre todos los sonidos del rebusque hay uno que me hizo mayor gracia y que ya se convirtió en tema de conversación en casa. En la mía y he visto que en varias. Es el sonido del vendedor de tamales, de tamales de Santa Elena, los que tienen como gancho de venta que su masa, atención, “es más rica que la carne”.

Proceso Tamales Santa Rosa
Otra de las claves del tamal de Jose y de Hillary es que si al cliente no le gusta, no lo paga: lo puede devolver en el momento de la compra o, si ya estaba en casa, puede pedir al otro día otro tamal o el dinero. “Es una forma de generar confianza”, dice la pareja. Foto cortesía Tamales Santa Elena.

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Y ¡cómo puede ser eso! ¿Mejor que la carne? Me puse a buscar a José Muñetón, el hombre detrás de todo este montaje que vende hasta 500 tamales por día -en los buenos tiempos eran 700 y al comienzo de la empresa, 100- hasta que lo encontré, no en Santa Elena sino en Aures, en Robledo, y descubrí a un emprededor que tiene 24 años, que hace equipo con su esposa Hillary Colorado, de 21, de Medellín, y son padres de Melany y de Liam José.

Muñetón no es de Santa Elena: es cordobés. Sus tamales tampoco, pero, como dice el pregrabado que suena y suena por las calles del sur y otras varias zonas del Aburrá, “si no le gustan, no los tiene que pagar”.

Comenzaron hace dos años y medio, ellos solos desde la vereda Barro Blanco, esta sí en Santa Elena, vendiendo en un carro por las calles de la ciudad. A los siete meses se les creció la venta y empezaron a sumar personal hasta llegar a los 21 vendedores que tienen hoy, más seis en tareas de producción.

“Sí señor, escuchó muy bien: llegaron los tamales a tres mil y a cuatro mil pesos” dice otra parte de la grabación que hicieron entre Hillary y José y que se supo sumar a la rutina de un montón de barrios. Para llegar a ese punto, la semana inicia los martes en la Plaza Minorista, donde mercan siete bultos de papa, dos de zanahoria, más pierna de cerdo y revuelto para el aliño. Avanza luego con un proceso en la cocina que dura de 8 a.m. a 3 a.m. entre armado y cocción y que remata en las calles con oferta entre miércoles y domingo.

“Los mejores días son sábados y domingos, aunque la pandemia ha hecho que la gente quiera comprar menos”, me dice José, preocupado, pero sin asomo de rendirse, incluso firme en sus sueños de abrir punto de venta en una plazoleta de comidas de centro comercial: “por ahora no se puede, pero la meta continúa. Trabajamos mucho, madrugamos mucho, pero este es un trabajo que nos tiene contentos”.

Sus tamales, marca Tamales Santa Elena -José me cuenta que hay varios competidores con el mismo nombre-, pueden ser trifásicos, de dos carnes o de una, caseros, producto de una empresa familiar, “con todas las medidas de seguridad”, tranquiliza José, y, de nuevo, con un atributo clave: la masa es más rica que la carne. Y supongo que la papa y que la zanahoria.

“Lo primero que el cliente percibe de un tamal, apenas abre la hoja, es la masa. Y tiene que estar caliente. Y tiene que oler muy rico. Nuestro secreto es familiar (el papá de Hillary también tiene su fábrica, Tamales Doña Rosa), no lo puedo revelar, solo digo que un ingrediente es que lo hacemos con mucho amor“, cuenta Jose como explicación. La masa, más rica que la carne.

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