Los detalles del nacimiento de Cattleya, la nueva cría de cóndor andino

Nació en la Fundación Parque Jaime Duque, pero su historia también pasa por Medellín: su padre, Katuma, estuvo bajo cuidado del Parque de la Conservación antes de ser trasladado para formar una nueva pareja reproductiva. El nacimiento abre una nueva línea genética para la conservación del cóndor andino, una especie amenazada, entre otras razones, por la pérdida de hábitat.
Por: María Fernanda Zuluaga Gómez
4 mayo, 2026
Fotografía: Fundación Parque Jaime Duque | El cóndor andino es el ave más grande del mundo.

Cattleya nació después de 65 horas de eclosión, pesó 227 gramos y llegó al mundo a las 2:53 de la madrugada. “Hoy celebramos tres grandes noticias”, dijo Fernando Castro, director de Gestión de Biodiversidad de la Fundación Parque Jaime Duque, al presentar a esta hembra de cóndor andino que se suma a los esfuerzos de conservación de una especie crítica para Colombia.

Cattleya nació en la Fundación Parque Jaime Duque, pero su origen también pasa por Medellín. Su padre es Katuma, un macho que proviene del Parque de la Conservación de Medellín y que fue trasladado hace unos años para intentar formar una nueva pareja reproductiva. La madre es Audrey, una hembra que llegó al programa desde zoológicos de Estados Unidos.

Esa unión no fue casual ni inmediata. Carlos Madrid, médico veterinario del Parque de la Conservación de Medellín, lo explicó con una frase que ayuda a entender la complejidad del proceso: “Ellos tienen que seleccionarse”. En los cóndores, no basta con juntar un macho y una hembra en un mismo recinto; debe existir un vínculo, una forma de afinidad que permita que la pareja se consolide.

Katuma llegó a esa oportunidad después de una pérdida. Jorge Aubad, director del Parque de la Conservación, contó que la institución había recibido una pareja de cóndores proveniente de Chile, como parte de una iniciativa del Ministerio de Ambiente para proteger la especie. Sin embargo, esa pareja no tuvo éxito reproductivo.

La hembra que estuvo en Medellín había llegado con múltiples afectaciones. Según Aubad, tenía perdigones en su cuerpo, algunos de ellos imposibles de extraer por el riesgo de las cirugías. En 2023, esa cóndor murió por una contaminación con plomo asociada a esos perdigones.

“Decidimos hacer un esfuerzo conjunto entre el Parque de la Conservación y el Parque Jaime Duque y enviamos al macho con el fin de establecer una nueva pareja reproductiva, que es justamente la que acaba de darnos la gran noticia del nacimiento de un polluelo de cóndor”, señaló Aubad.

Una pareja que tardó tres años en consolidarse

El emparejamiento tomó tiempo. Katuma fue acercándose a las hembras disponibles hasta establecer un vínculo con Audrey. “Sin química entre ellos dos, literalmente, no hay programa de reproducción”, dijo Carlos Madrid, líder del área de conservación y bienestar del Parque de la Conservación. La pareja tardó cerca de tres años en consolidarse, tuvo intentos de cópula, puso huevos no fértiles y solo ahora logró una postura viable.

El resultado tiene un valor genético. Hasta ahora, la Fundación Parque Jaime Duque ya había tenido otros nacimientos de cóndor andino, pero provenientes de otra pareja reproductiva. Con Katuma y Audrey se abre una línea distinta. “Al tener una nueva pareja que tiene nuevas crías, se nos permite tener mayor variabilidad genética”, explicó Madrid.

El huevo del que nació Cattleya fue llevado a incubación artificial. Madrid lo definió como un proceso delicado porque implica reemplazar, en parte, lo que harían los padres. “Tenemos que suplir lo que harían los padres todo el tiempo”, señaló. Eso significa controlar temperatura, humedad y rotación del huevo durante el desarrollo del embrión.

Durante ese proceso también se hizo ovoscopía, una técnica que permite observar el interior del huevo mediante luz. Con ese seguimiento, los especialistas pueden revisar cómo avanza el desarrollo embrionario y detectar si el polluelo está en buena posición para la eclosión.

La extracción del primer huevo tuvo otro efecto: 45 días después, Katuma y Audrey hicieron una segunda postura. Esta vez, según Lorena Pardo, especialista en Conservación de la Fundación Parque Jaime Duque, el huevo fue dejado con la pareja “con la finalidad de que ellos puedan estimular estos comportamientos reproductivos y aprendan a ser padres”.

Ese segundo huevo sigue siendo un proceso bajo vigilancia. Pardo advirtió que el seguimiento comportamental será permanente durante la incubación para detectar señales de alerta, entre ellas conductas que puedan poner en riesgo el huevo o causar su ruptura.

El nacimiento de Cattleya no significa que su futuro esté resuelto. Madrid fue prudente al hablar de una posible liberación: “Todavía está creciendo; todavía hay que ver si tiene las habilidades para poderse liberar”. Las liberaciones proyectadas para 2027, explicó, estarían pensadas para individuos más grandes, como Rafiki.

Rafiki nació en 2024 y es uno de los cóndores más emblemáticos del programa. Según Madrid, ya está en un recinto donde puede volar y moverse, por lo que podría estar entre los primeros individuos considerados para una eventual liberación. Cattleya, en cambio, apenas inicia un proceso que puede tardar años.

Criar un cóndor sin volverlo dependiente

La crianza de un cóndor bajo cuidado humano exige evitar un riesgo central: que el animal se acostumbre a las personas. “Ellos no tienen contacto directo con los humanos; de esa manera no se habitúan o no se amansan”, explicó Madrid. La meta es que el polluelo no relacione a los cuidadores con alimento, protección o compañía.

Para lograrlo, los equipos usan elementos que imitan a los padres, conocidos como dummies, con los que alimentan a las crías sin generar impronta humana. “Esto se hace para que el animal no se identifique con los humanos, sino con su especie”, explicó Madrid.

A medida que crece, el cóndor debe pasar por diferentes etapas de rehabilitación física y comportamental. Debe aprender a reconocer su alimento, desgarrarlo, fortalecer sus alas, volar, relacionarse con otros cóndores y evitar acercarse a personas, perros o animales domésticos.

La liberación, si llega a ocurrir, no depende solo del individuo, “sino también del espacio”, advirtió Madrid. El territorio debe tener alimento disponible, condiciones climáticas y ecosistémicas adecuadas, y comunidades preparadas para convivir con la especie.

Ese punto es decisivo porque el cóndor es un ave carroñera. No caza ganado ni animales silvestres para alimentarse; depende de cadáveres de animales que mueren por causas naturales, accidentes, enfermedades o ataques de otros depredadores. Su presencia, por tanto, está ligada a la salud de los ecosistemas de alta montaña.

El símbolo nacional que se queda sin territorio

Ahí empieza el problema de fondo. Si Colombia necesita fortalecer programas de reproducción bajo cuidado humano es porque las poblaciones silvestres están bajo presión.

Madrid puso el foco en una zona específica: la Cordillera Central. Según explicó, allí se estima que podría haber alrededor de 10 o 12 cóndores. Ese número vuelve difícil incluso la formación natural de parejas, porque los cóndores son monógamos y, una vez se emparejan, suelen permanecer con la misma pareja de por vida.

La degradación del hábitat es una de las causas principales. “El crecimiento de la frontera agrícola en los Andes ha hecho que cada vez tengamos más cultivos donde antes había bosque”, explicó Madrid. En esos bosques había fauna silvestre que también servía como recurso alimenticio para el cóndor.

El avance de cultivos y ganadería reduce ese alimento disponible. Cuando el bosque es reemplazado por actividades agropecuarias, disminuyen las presas silvestres y aumenta el contacto del cóndor con animales domésticos muertos. Esa cercanía alimenta conflictos con comunidades rurales.

Uno de esos conflictos nace de una confusión. Un campesino puede encontrar una vaca muerta y, al ver un cóndor alimentándose de ella, asumir que el ave la mató. Madrid fue enfático: “Los cóndores no matan animales; solamente se aprovechan de la carroña”.

Esa percepción equivocada ha tenido consecuencias graves. “Las personas todavía, en algunas zonas, asocian al cóndor con la muerte de su ganado y se han presentado envenenamientos”, dijo Madrid. En esos casos, se dejan animales muertos con veneno para que los cóndores los consuman.

Madrid hizo una precisión importante: los envenenamientos pueden ocurrir por más de una vía. Pueden ser voluntarios, cuando se dejan presas envenenadas, o pueden estar asociados a medicamentos usados en ganado bovino que generan toxicidad si el animal tratado muere y su cuerpo queda disponible para aves carroñeras.

En Colombia, sin embargo, el biólogo señaló que el problema se ha visto “más que todo relacionado con envenenamientos voluntarios”. Por eso, las acciones de conservación incluyen pedagogía sobre la ecología del cóndor, manejo de carcasas y uso responsable de medicamentos veterinarios.

El Ministerio de Ambiente también ha identificado amenazas asociadas a la actividad humana, como el envenenamiento de carroñas, la cacería, la disminución de presas silvestres, el choque con cuerdas de energía y la pérdida de hábitat. La entidad ha recordado, además, que los cóndores ayudan a reducir riesgos sanitarios al consumir cadáveres y acelerar el retorno de nutrientes al ecosistema.

Por eso la conservación no se resuelve solo en incubadoras. Madrid explicó que se necesitan procesos con comunidades para que las personas entiendan que el cóndor no es un depredador del ganado, sino una especie que cumple una función ecológica al consumir animales muertos.

En esa tarea aparece Parmessano – Todo Fresa. Aubad explicó que desde finales de 2025 y durante 2026 se desarrolla una alianza entre el Parque de la Conservación de Medellín y estos restaurantes. “Gracias al menú de conservación que todos los visitantes pueden pedir, una parte se destina a la conservación de esta especie durante este año”, dijo.

Ese aporte financia acciones del Parque de la Conservación en la zona del Parque Nacional Natural Los Nevados. Aubad precisó que el dinero se destina al trabajo con corporaciones ambientales, grupos locales, escuelas, colegios y campesinos, con el propósito de promover la conservación de los individuos que aún habitan esa región.

Madrid detalló que el trabajo en la Cordillera Central busca fortalecer un programa social con comunidades, operadores turísticos y visitantes. La idea es formar una red de monitoreo participativo para registrar avistamientos de cóndores y conocer mejor los lugares que frecuentan.

Esos registros permitirían saber si los animales observados son machos o hembras, juveniles o adultos, y en qué condiciones climáticas aparecen. Con esa información, a futuro se podrían diseñar estrategias más precisas, incluso decisiones sobre si conviene reintroducir machos o hembras para balancear la población.

Mientras tanto, la Fundación Parque Jaime Duque trabaja en otro territorio clave: el páramo El Almorzadero. Estefanía Gómez, directora de Gestión de Proyectos de esa fundación, informó que allí encontraron un nido activo de cóndor andino, un hallazgo que calificó como “un hito importantísimo” para el conocimiento de la especie.

Ese seguimiento permite registrar comportamiento de los padres, picos de actividad, ubicación y condiciones climáticas del sitio. Para la Fundación Parque Jaime Duque, esa información ayuda a entender mejor al cóndor en una zona de alta biodiversidad y de servicios ecosistémicos importantes para las comunidades del páramo.

Lo que viene para Cattleya y para la especie

El nacimiento de Cattleya ocurre, además, en un momento en el que se habla de actualizar los planes de acción del Programa Nacional de Conservación del Cóndor de los Andes. Rafael Torres, gerente de la Fundación Parque Jaime Duque, señaló que se necesitan nuevos individuos para conformar parejas y ampliar la diversidad genética de la especie.

La reproducción del cóndor es lenta. Aubad recordó que, en vida silvestre, una hembra pone un solo huevo cada dos años y muchos polluelos no llegan a la fase adulta. En programas bajo cuidado humano, el proceso también exige años de crianza, rehabilitación y evaluación antes de pensar en una liberación.

El cóndor, además, no es solo un símbolo patrio. Aubad lo explicó desde su papel ecológico: “La presencia de esta especie garantiza una salud ecosistémica”. Su desaparición indicaría que los ecosistemas altoandinos se han degradado al punto de no sostener a una de sus especies más representativas.

La paradoja es evidente: Colombia tiene al cóndor en su escudo, en sus relatos y en su imaginario nacional, pero aún no logra garantizarle territorios seguros. Aubad fue más allá y planteó el riesgo simbólico de que algún día haya que preguntarse si esa ave debe desaparecer también de los símbolos, si antes desaparece de los páramos.

Cattleya, entonces, no es solo una cría nacida bajo cuidado humano. Es el resultado de una cadena de decisiones: recibir cóndores para un programa nacional, cuidar a Katuma en Medellín, trasladarlo cuando quedó sin pareja, permitir que formara vínculo con Audrey, incubar un huevo viable y sostener trabajo comunitario en territorios donde la especie todavía intenta sobrevivir.

La buena noticia tiene una advertencia. Si continúan los envenenamientos, si la frontera agrícola y ganadera sigue presionando los ecosistemas de alta montaña y si las comunidades no reciben herramientas para convivir con el cóndor, ninguna incubadora será suficiente. Cattleya abre una esperanza, pero el futuro de la especie se definirá también fuera del cascarón.

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