Caro:
Es un día soleado de junio, muy cerquita del solsticio, el día más largo del año. Pero si el tiempo no existe, entonces, ¿cómo decir si un día es más largo que otro? Largos se nos hacen los minutos en las salas de espera, los días que contamos cuando vamos a volver a ver al nuevo enamorado en los momentos iniciales de coqueteo, largas las horas de una noche en vela, de un vuelo trasatlántico y muchas personas dirían que largos también los días cuando se está en la clínica.
Mira que, para mí, estos tres días, a la vez corto y largo tiempo de hospital, no fueron realmente largos. Tejí, leí, medité, jugué con mi madre, conversé con mi enamorado, con mi hermana, con mi amiga María que me visitó. Vi ocultarse el sol, las nubes a lo lejos mandando descargas de energía en relámpagos, caminé una y otra vez por el pasillo, arrastrando el aparato que me daba el suero que me mantuvo con algo de energía en tres días de ayuno casi total.
Me crucé con las miradas adoloridas de otros pacientes. Y una vez más corroboro que eso de “paciente” es exactamente lo que es, lo que necesitamos ser en los momentos en que las cosas no parecen ser disfrutables. Que para ser realmente pacientes, necesitamos hacerlas disfrutables. O más sencillo todavía: necesitamos solo abrirnos a descubrir que siempre, siempre hay algo disfrutable, siempre hay luz en cada respiración, siempre que no tenemos algo, sí tenemos muchas cosas más. Se trata de elegir en qué enfocarnos y de “esperar sin esperar”, como me dice mi amiga Gladys. Y de recordar que todo, todo, todo, hasta los momentos críticos de dolor intenso, terminan por pasar.
Cuando estuve jugando, tejiendo, conversando, riéndome con mis visitantes o concentrada meditando en mis momentos de silencio, no existió ningún ayuno, ningún dolor, ni tampoco la incomodidad en la nariz y en la garganta de una sonda plástica que bajaba hasta mi estómago.
Y claro que también hubo momentos de emociones retadoras, como te imaginarás. El miedo que se asomó, la frustración que lo acompañó y la impaciencia que quiso apoderarse del momento. Una vez más, la oportunidad fue la de navegar la ola emocional, sintiendo lo que fuera necesario sentir y también creando las condiciones para que la energía en mí y a mi alrededo,r cambiara: escuchar música conmovedora, optimista y alegre —¡es realmente medicina!— y, una vez más, seguir tejiendo, un punto a la vez (¡no sabes lo agradecida que estoy con Michaela por enseñarme!).
No hay nada como estos momentos “retadores” para descubrir que definitivamente la vida es lo que hacemos de ella. Que las circunstancias no son excusas para quedarnos en el desespero, en la quejadera, en el victimismo. Claro que ayuda permitirse sentir las emociones que surgen, pero quedarnos o no en ellas es siempre una elección, como sé que lo tienes muy claro. Regalos hay siempre, por todas partes. Pistas hay en cada esquina. Disfrute hay en cada abrir y cerrar de ojos. Amor está en cada una de las experiencias que nos atraviesan, que elegimos y que hemos buscado de una manera o de otra para aprender y crecer un poco más, para sentir cada vez más la luz todopoderosa que nos anima siempre siempre desde adentro, aún, y especialmente, cuando atravesamos las tormentas.
Tu tocaya.





