Al altiplano suben aquellos que desean desconectarse y descansar de la ciudad metropolitana; acá también se bajan en el aeropuerto aquellos que provienen de otras latitudes, culturas o naciones para visitar el departamento.
El Oriente ha sido, desde sus orígenes, mucho antes de la llamada Provincia de Antioquia, una región de paso. Históricos mapas y cronistas nos ilustran que para ir a Santa Fe, desde la Villa de La Candelaria –hoy Medellín-, había que emprender un largo viaje subiendo por Santa Elena, pasando por Rionegro, luego La Ceja del Tambo (nombre que proviene de una especie de posada o sitio de descanso para viajeros) donde todavía quedan algunos vestigios de rutas colonizadoras como puentes en madera sobre el río Piedras, que tejían el camino hacia Sonsón, Arma, o hacia los cañones del Samaná y La Miel, para luego desprenderse por la cordillera central buscando el río Grande de La Magdalena y las sucesivas regiones del sur occidente colombiano.
Esta exuberante región de cipreses, pinos, robles, yarumos y sietecueros es, por antonomasia, tierra agradable para ser recorrida y visitada. La famosa vuelta a Oriente incentiva al viajero a recorrer las rutas intermunicipales; escoja usted y conozca las zonas de Embalses, de Páramo, del Altiplano o de Bosques y disfrute cada una de sus variadas ofertas culturales, gastronómicas, naturales y arquitectónicas.
El Oriente ha tejido su identidad a través de sus recorridos, rutas naturales y conexiones que nos permiten redescubrir las tradiciones antioqueñas, cada una con sus tesoros patrimoniales como la cuentería, las fondas, las posadas, las iglesias, la buena mesa, la vida en el campo o la idiosincrasia de los pueblos.
Cada sector sigue siendo un hermoso destino para visitar, habitar y cuidar; cada municipio reúne variadas piezas que componen el mágico mosaico Oriental, paisajes diversos en pocos kilómetros, montañas cubiertas de verde, nacimientos de agua, bosques que protegen la vida con sus variadas formas y colores, en su fauna y flora; cultivos que sostienen familias y miradores donde el horizonte parece extenderse sin límite. Esta región es una tierra privilegiada para volver a lo esencial.
Un territorio que nació y sigue creciendo gracias a las conexiones territoriales, en principio hechas por familias colonizadoras que fueron abriendo camino, tejiendo poblaciones y ensanchando nuestra historia.
De transitar y recorrer surgió la permanencia y el habitar; ya no fundamos pueblos, pero sí extendemos los suelos urbanos y seguimos parcelando nuestros campos. Ahora necesitamos conciencia para que aquí todo se conserve en equilibrio, tanto el crecimiento como la armonía con el paisaje y la identidad. Recorrer y vivir en el Oriente debe significar valorar sus paisajes; habitar sus municipios debe significar respetar su esencia y cuidar esta región debe ser un compromiso colectivo.
Para Antioquia, el Oriente tendrá que ser una reserva de vida, innovación y memoria.




