– Acerca de la Noviolencia –
El novio le dice a la novia: “te quiero más que a mis zapatos viejos”; con esa frase quiere expresar toda la deliciosa comodidad, placer y amor que experimenta; pero la reacción de la novia es romper con él porque se siente maltratada y denigrada al nivel de una alpargata… Aunque suena a chiste, también puede ser una escena de la vida real que permitiría apreciar la posible diferencia entre la mejor de las intenciones y la natural interpretación por parte del otro. Estos procesos de acción-reacción nos permiten ubicar la noviolencia en el contexto de la complejidad humana.
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Saber vivir con los otros es todo un arte que necesita de mucho entrenamiento y de procesos de ensayo-error que siempre nos dejan enseñanzas. Es como aprender a montar en cicla o en patines: hay caídas y muchos resbalones hasta que uno logra mantener el equilibrio y desplazarse con toda naturalidad, aunque las cicatrices queden como recuerdo de las dificultades superadas.
Partamos de un hecho concreto: lo único verdaderamente observable en los seres humanos es el comportamiento y eso explica la potencia pedagógica del ejemplo; pero esa realidad también nos ayuda a comprender que las buenas intenciones son necesarias, pero no suficientes. El sentir, el pensar y el decir tienen un gran valor y significado, pero nada iguala a la acción que es la verdaderamente transformadora. Todos interpretamos y comprendemos de manera diferente y es ahí donde llega la noviolencia para alertarnos acerca del peligro de nuestros juicios rápidos y sobre todo de nuestros prejuicios y violencias naturalizadas.
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La propuesta es señalar que con pequeños gestos y acciones de vida cotidiana podemos empezar a adiestrarnos en la filosofía de la noviolencia y avanzar hacia vínculos más delicados y complejos en el entramado social. Veamos pues a nuestras familias y vecindarios como escenarios privilegiados para un ejercicio en el arte del buen vivir.
Conversar es uno de los más potentes oficios de paz, porque es una especie de alambique para la convivencia. Y en la vida social se van agregando otras acciones diarias como cocinar, coser, acompañar, reír, bailar, ayudar, limpiar. Servicios humildes, desinteresados y simples como sacar un perro, regar las matas, hacer un mandado, calentar una sopa, compartir un café, son gestos de convivencia y noviolencia al alcance de todos, sin ninguna distinción. Si todos “cogemos oficio” al aceptar y ofrecer ayuda, el camino hacia la convivencia se empieza a abrir de manera natural y esperanzadora. Y todo vivido con alegría y no como sacrificio: el buen humor se vuelve redentor y es todo un acto de resistencia frente a la adversidad porque cuando reímos se activa la endorfina beta en el cerebro y nos hace más creativos, atentos, entretenidos y hasta bellos.
Por eso, burlarnos un poco de nosotros mismos nos protege de muchos males y, como dice el dicho, es remedio infalible.
Vamos entonces a llevar la filosofía de la noviolencia a la vida diaria para descubrir su protagonismo en la construcción de una vida más grata y placentera. Aceptaremos la imperfección humana porque ya es claro que todos venimos en combo con nuestras virtudes, vicios, demonios y talentos que dan forma a nuestra manera de relacionarnos. Lo primordial será mantener bajo observación y control esos rasgos diferenciales buenos y no tan buenos, porque es muy fácil ofender sin ni siquiera percatarnos por andar mirando nuestro ombligo y nada más.
La vida sería en verdad muy aburrida si todos pensáramos, sintiéramos e interpretáramos igual: la magia se da cuando los contrarios se encuentran y, a la manera de la electricidad, surge la chispa, el acto creador, la solución más adecuada, porque la diversidad es fuente de riqueza. Practicar el cuidado y la prevalencia del bien común no puede verse como algo utópico e ingenuo; la invitación desde la noviolencia es, entonces, a servir de forma ágil y automática sin necesidad de saber nada acerca del otro que nos necesita. En ese momento sobra cualquier información sobre apariencia, ideología, raza, sexo, religión, edad, estrato socio cultural. Lo único primordial es que alguien necesita algo y no hay tiempo que perder, porque es cuestión de dignidad y compasión.




