La necesidad de ser reconocidos, apreciados y respetados es legítima y necesaria, pero no puede confundirse con el ansia de figuración. En muchas ocasiones es importante poner el huevo y cacarear para anunciar que la tarea se hizo y que está bien hecha; pero ese escenario es radicalmente distinto ante calamidades y situaciones dolorosas. En ese caso, lo único que se necesita de nosotros es la intervención acompañada de amoroso silencio.
Hablando del periodismo, Kapuchinski afirma que “los cínicos no sirven para este oficio”. Nosotros podemos decir lo mismo hablando del servicio y de la ayuda:
“Quien alardea del servicio que ofrece no es digno, y borra con el codo lo que hizo con la mano”.
La inteligencia debe acompasarse con estatura moral para distinguir cuándo es más ético callar, cuándo se hace un mal mayor hablando sin que medien la ponderación, la delicadeza y la compasión. Interiormente debemos tener la claridad acerca de si deseamos auténticamente ayudar sin un interés distinto al gusto y la alegría de la experiencia de sentirnos útiles, o si, por el contrario, andamos buscando oportunidades conscientes o inconscientes de visibilización social o de estímulo de nuestro propio ego. Cuando pasa esto último el resultado es grotesco y termina afectando nuestra credibilidad ante los demás.
Se trata entonces de que, recordando al gran Tomás Carrasquilla, al servir optemos más bien por ser bobos y no vivos, para que la bondad sea la que prime. La disposición al servicio no puede tener muchas condiciones y tampoco tiene que referirse necesariamente a nuestros talentos y habilidades. Maravilloso si, por ejemplo, lo que sabemos es escribir y eso es lo que se necesita de nosotros. Pero también puede ser que la necesidad sea otra, y hay que estar abiertos y dispuestos a responder a la urgencia. Cualquier doctor puede también limpiar, cocinar, abrazar, acompañar, si ese fuera el requerimiento en momentos difíciles y dolorosos.
Tendríamos que ser capaces de casi desaparecer respecto a nuestros apegos y vanidades, para estar listos y dispuestos. De esa manera sería mucho más sencillo adaptarnos con rapidez y agilidad a la situación y a un contexto específico, como sería en este momento la catástrofe por terremoto, y sentirnos útiles y oportunos. Esa sí sería la magia y el milagro de la eficiencia y la eficacia, en momentos complejos, dolorosos y urgentes.
Por todo lo anterior vale la pena recordar que la disposición al servicio es un arte que se aprende practicando, y que no son suficientes los buenos deseos. En situaciones complicadas es muy fácil maltratar por ingenuidad, torpeza o simpleza, aunque sea lo último que queremos. En cada adversidad está la semilla de una importante oportunidad y es por eso que el dolor del terremoto nos permite sacar lo mejor de cada uno y seguir en el esfuerzo por ser mejores personas.
Recordemos siempre, entonces, que es valioso tener claro para qué sirvo y agregar siempre el para qué me necesitan.




