Anunciaron el tercer lugar. Después el segundo. Los estudiantes del Colegio San José de Las Vegas seguían sentados en el auditorio. Habían llegado a Boston con la esperanza de subir al podio del Regenerative Futures Innovation Challenge, una competencia internacional promovida por el Instituto Tecnológico de Massachusetts pero no tenían claro en qué posición. Faltaba únicamente el ganador. Entonces escucharon el nombre de su equipo.
“Fue un momento de euforia total. Estábamos muy felices. Saltamos, nos abrazamos. Fue un momento muy especial”, recuerda Samuel Martelo, estudiante de octavo grado, quien, “de la emoción” se cayó cuando fueron a recibir el premio. Para Miguel Ángel Chitiva, de 15 años, recibir la noticia allí tuvo algo especial: la clasificación a una fase anterior la habían conocido detrás de una pantalla; esta vez podían verse, abrazarse y tener el premio enfrente.
Además de ellos dos, el equipo lo integraron Mariana López, Camilo Arango, Isabella Zuluaga y María Antonia Cossio, con el acompañamiento del profesor Víctor Lopera, líder del área de ciencias naturales. Su proyecto quedó por encima de propuestas de Brasil, que obtuvo el segundo puesto, y Estados Unidos, que terminó tercero. Según el colegio, más de 200 proyectos de distintos países se presentaron a la competencia.
La Volcana, una quebrada que poco conocían
Esta historia que terminó en Boston comenzó mucho más cerca: en La Volcana, una quebrada que atraviesa el sur de El Poblado. Miguel sabía que existía y que pasaba por esa zona de Medellín, pero nunca se había detenido a observarla ni mucho menos a preguntarse qué ocurría con su agua mientras avanzaba entre vías, edificios y colegios.
Sin embargo, la quebrada ya había aparecido en un proyecto anterior del MDE Challenge, una estrategia del San José de Las Vegas en la que estudiantes trabajan sobre problemas de Medellín. Aquella propuesta estaba pensada desde la conservación. Pero cuando apareció la convocatoria del MIT, el colegio retomó la idea, pero cambió la pregunta y decidió explorar si era posible ayudarla a recuperar condiciones ambientales en las que, por ejemplo, puedan vivir peces a lo largo de su cauce natural.
Esta diferencia marcó los siete meses siguientes. “Regenerar significa volverla a su condición natural”, explicó el profesor Lopera. Bajo esa idea se conformó un nuevo grupo con estudiantes de distintas edades y de las sedes Medellín y El Retiro. Posteriormente, el proyecto dejó de ser una propuesta en el papel y comenzó a hacerse realidad a partir de toma de muestras, análisis, recolección de plantas, sensores y pruebas.
El primer paso: estudiar el agua
Para decidir qué hacer, los estudiantes necesitaban conocer el estado de La Volcana. Con las instrucciones y los elementos suministrados por la Universidad de Antioquia recogieron una primera muestra aguas arriba, en el colegio The New School, y otra más abajo, en el sector del Colegio San José de Las Vegas. Debían tomarlas siguiendo un protocolo y llevarlas rápidamente al laboratorio para su análisis.
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Al comparar los resultados encontraron cambios. Aguas abajo había aumentado la conductividad, una medida que ayuda a identificar la presencia de sustancias disueltas en el agua. También encontraron variaciones en nitratos y nitritos. Estos últimos son compuestos de nitrógeno que, cuando se acumulan en exceso, pueden favorecer procesos como la eutrofización, es decir, un crecimiento descontrolado de algas y plantas acuáticas que termina afectando el equilibrio de un ecosistema.
No obstante, según explicaron los estudiantes y el profesor Lopera, eso no significa que La Volcana sea una quebrada altamente contaminada, sino que entre los dos puntos analizados hay suficientes indicios para preguntarse qué efecto pueden tener sobre el cauce la escorrentía, el tráfico y, en general, la actividad urbana que ocurre alrededor.
Con los resultados comenzó otra parte del trabajo: escoger plantas capaces de permanecer en contacto con el agua y ayudar a retener o absorber ciertos compuestos. Ese proceso se conoce como fitorremediación y, explicado de forma sencilla, consiste en aprovechar las propiedades naturales de algunas plantas para contribuir a limpiar el agua o el suelo, que fue lo que lograron los estudiantes con su investigación.
Después vino el prototipo
El grupo utilizó un tubo de PVC para representar, a pequeña escala, un tramo del cauce. Una motobomba llevaba el agua hasta el sistema; allí avanzaba lentamente entre las plantas y luego salía por el extremo contrario.
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Antes y después del paso por las plantas instalaron sensores para comparar pH, turbidez y alcalinidad del agua. La turbidez indica, en términos sencillos, qué tan transparente o cargada de partículas está el agua.
Las primeras mediciones mostraron un funcionamiento del prototipo entre el 20 % y el 25 %. Sin embargo, el propio equipo reconoce que ese resultado debe tomarse como preliminar, pues los instrumentos disponibles tenían limitaciones. “Los sensores y los Arduino que nosotros utilizamos son de calidad media-baja, porque no nos alcanzaba para unos sensores de calidad alta que nos pudieran decir con certeza”, explica el profesor Lopera.
La experiencia en Boston también les permitió identificar cómo mejorar esa parte del proyecto. “Encontramos que podemos utilizar unos sensores de mayor capacidad de lectura, que sean más precisos. Lastimosamente, acá son muy escasos”, explica Camilo Arango, el miembro del equipo encargado de la parte tecnológica, quien también aseguró que quedaron en contacto con personas que (a futuro) les pueden facilitar equipos con mayor precisión.
“Ahora la idea no es simplemente tener ese prototipo pequeño, sino hacerlo a gran escala. Evitar utilizar ese tubo de PVC y hacerlo alrededor de la quebrada”, asegura Arango.
Al final, todos tienen el mismo sueño: lograr que este prototipo se convierta en un proyecto de ciudad aplicable en todas las quebradas de la ciudad. “Yo quisiera dejar una huella, pero no solo en el colegio. Saber que no hicimos algo solo en un sector, sino que en todo Medellín y, así, poder regenerar no solo esta quebrada, sino abarcar más fuentes de agua”, cuenta Miguel.
Para Samuel, esa posibilidad también tiene una medida de tiempo mucho más personal: “En 20 años no quiero ver tapada La Volcana y decirles a mis hijos que nosotros intentamos hacer algo acá, pero no funcionó”.
PERMISOS PARA ESCALAR EL PROYECTO
El prototipo funcionó en condiciones controladas porque el equipo no contaba con las autorizaciones necesarias para intervenir directamente la quebrada La Volcana. Llevarlo a una escala real implicaría gestionar permisos, coordinarse con las entidades competentes y definir cómo instalar plantas y sensores sin afectar el cauce. Por eso, además de mejorar la tecnología, el siguiente paso dependerá de aliados que permitan hacer pruebas directamente en el cauce.





