*Por: Catalina Isabel Ortiz
Pareciera que las conversaciones sobre el ruido en las ciudades se estuvieran ampliando y comenzamos a tener más consciencia sobre ello. Sin embargo, al mismo tiempo, como llevamos tantos años normalizando la bulla, simplemente aprendimos a soportarla. Y, sin darnos cuenta, le damos una explicación para poder sobrellevarla.
Entonces soportamos el ruido y lo justificamos con excusas que terminan convirtiéndose en una especie de patrones o acuerdos, tales como: es solo una vez al año, es por la Feria de Flores, es por el Mundial, hay que celebrar, es una tradición, así somos. Frases que repetimos tanto que dejamos de preguntarnos quién decidió que debían aceptarse como normales.
Aquí no estamos hablando de problemas en abstracto. Solo hay que mirar algunos escenarios cotidianos: las motos, los eventos masivos, la ciclovía y las chivas.
En la zona donde vivo, hace unos días estaban conversando sobre las motos con resonadores, que pasan en la madrugada, con exceso de decibeles como “mosquitos” y despiertan a cualquiera. Esto pasa en varias partes de la ciudad: la 70, la 33, Las Palmas, el puente de la 4 sur, entre otros. Este último en particular tiene otro detalle que llama la atención: las carreras o eventos masivos que allí se inician con música a alto volumen desde tempranas horas, sabiendo que a pocos metros hay una clínica.
También los fines de semana la ciclovía tiene contaminación sonora. Cada vendedor o grupo musical pone sonidos, con impacto acústico elevado, haciendo que una actividad que algunos buscan para respirar, caminar, montar en bicicleta o desconectarse, termina siendo una competencia de parlantes.
Y claro, como la ciudad es un territorio turístico por excelencia, qué decir de las chivas y las limusinas que circulan con niveles de volumen tan altos. Estas, a diferencia de un bar o un concierto, llevan el ruido por toda la ciudad, recorriendo barrios y calles, alcanzando a quienes descansan en sus casas.
Recordemos que el exceso de ruido puede generar estrés, ansiedad, irritabilidad, dificultades para concentrarse y alteraciones del sueño. El descanso no es un lujo, es una necesidad para la salud física y mental. Basta pensar en un bebé dormido, en alguien que necesita recuperarse de una cirugía, en una persona mayor, en quien trabaja desde casa o en una persona autista, para entender que la ciudad no suena igual para todos.
Vivir en las ciudades implica reconocer que compartimos un territorio y en él tenemos derecho a celebrar, disfrutar y expresarnos, el famoso derecho a la ciudad. Pero ese derecho también lleva consigo una responsabilidad: preguntarnos si la forma en la que habitamos ese mismo espacio afecta a los demás. Todos somos vecinos de alguien, eso también exige tener consideraciones por quienes están a nuestro alrededor.





