Hay confesiones que cuestan más que otras y esta, aunque han pasado muchos años, todavía me produce una pequeña incomodidad cuando la digo en voz alta, quizás porque durante mucho tiempo preferí que nadie lo supiera, como si admitirlo pudiera cambiar la manera en que otros me veían o poner en duda todo lo que vino después. Creo que llegó el momento de salir del clóset:
Perdí Ecuaciones Diferenciales cuando estaba en la universidad.
Cuando uno estudia Ingeniería, o al menos cuando yo la estudiaba, perder Ecuaciones Diferenciales no se sentía simplemente como perder una materia, era casi una declaración pública de incapacidad, una prueba aparentemente irrefutable de que quizás una no era tan inteligente como creía y de que podía haberse equivocado de lugar. Mientras algunos compañeros avanzaban, yo tenía que volver a enfrentarme a las ecuaciones y recuerdo la vergüenza de sentir que un curso de un semestre se había convertido en la medida de todas mis capacidades.
Ahora que lo pienso, resulta extraño que la palabra que aparezca en ese recuerdo sea precisamente vergüenza, porque deberíamos sentirla cuando hacemos daño, cuando actuamos en contra de nuestros valores o cuando somos injustos con alguien, pero nunca por ser quienes somos, por amar a quien amamos y tampoco por equivocarnos mientras intentamos aprender algo que todavía no sabemos.
Sin embargo, durante años guardé esa historia solo para mí, muy lejos de los títulos, los reconocimientos y las cosas que sí nos gusta contar, porque vivimos en una cultura que exhibe con facilidad los resultados y esconde muchas veces los procesos. Mostramos el diploma, pero no las materias que repetimos, contamos el emprendimiento que funcionó, pero no las ideas que fracasaron antes, celebramos el descubrimiento científico, pero olvidamos las hipótesis equivocadas que hicieron posible llegar hasta él.
Estudié un doctorado en Ingeniería y hoy soy la decana de la STEAM School de la Universidad EIA y eso es una de esas ironías bonitas que tiene la vida, y todos los días veo estudiantes muy talentosos que después de un mal parcial se preguntan si realmente pertenecen a este lugar, que atraviesan un semestre difícil y convierten una mala nota en una conclusión sobre su futuro, personas capaces y curiosas que se comparan con el ritmo de los demás hasta convencerse de que van demasiado lento.
Entonces pienso en cuántos talentos podemos estar perdiendo porque confundimos el desempeño de un momento con el potencial de una vida, cuántas personas dejaron de hacer una pregunta por miedo a parecer poco inteligentes, cuántas abandonaron algo que realmente les gustaba porque una dificultad se convirtió en una sentencia y cuántas aprendieron, como yo, que los errores eran algo que convenía esconder.
Y es curioso porque la Ingeniería, precisamente, debería enseñarnos lo contrario, piensen que diseñar soluciones implica probar, descubrir que algo no funciona como esperábamos, revisar las variables y volver a intentarlo, investigar supone siempre formular preguntas cuyas respuestas muchas veces contradicen nuestras hipótesis e innovar exige entrar en territorios donde equivocarse no siempre significa haber perdido el tiempo, porque incluso aquello que no funciona puede mostrarnos algo que antes no sabíamos.
A veces pienso que hay una contradicción profunda en pedirles a nuestros estudiantes que innoven mientras construimos entornos en los que sienten que equivocarse es imperdonable. Ojo a esto, queremos personas creativas, pero premiamos únicamente las respuestas correctas, que se arriesguen, pero hacemos del error una amenaza, que tengan pensamiento crítico, aunque pocas veces dejamos suficiente espacio para decir “no sé”, que para mí es una de las frases más honestas y poderosas que puede pronunciar alguien que realmente quiere aprender.
Por supuesto, darle espacio al error no significa romantizar el fracaso ni renunciar a la excelencia, aprender requiere disciplina, responsabilidad, estudio y muchas horas de trabajo, pero la exigencia y la humanidad no tendrían por qué ser contrarias. Podemos esperar mucho de una persona sin hacerle sentir que vale menos cuando algo no le sale bien al primer intento.
Yo repetí Ecuaciones Diferenciales y también tuve que enfrentar esa costumbre tan humana de mirar hacia los lados y creer que el ritmo de los demás dice algo sobre el nuestro. Ahora, desde el lugar que ocupo, me interesa mucho la formación de ingenieros valientes antes que perfectos, personas capaces de enfrentarse a problemas que no conocen, de hacer preguntas, aunque todavía no tengan las respuestas, de reconocer cuando algo no funciona y tener la humildad suficiente para revisar el camino, porque el mundo que tendrán que enfrentar no viene con instrucciones.
Por eso creo que deberíamos hablar un poco más de nuestras propias materias perdidas, de los exámenes que no salieron como esperábamos, de las veces que no entendimos algo y tuvimos que preguntar otra vez, no para convertir el fracaso en una medalla ni para celebrar la falta de esfuerzo, sino para recordar que una trayectoria no se construye únicamente con aquello que salió bien y que, muchas veces, las experiencias que más intentamos esconder terminan enseñándonos algo que ningún éxito habría podido enseñarnos.
Perder una materia no cambió mi destino, pero sí cambió con el tiempo mi manera de entender el aprendizaje y también mi manera de educar, porque hoy sé que una nota puede decir mucho sobre lo que ocurrió en un momento determinado, sobre aquello que sabíamos o no sabíamos ese día, incluso sobre lo que necesitábamos hacer diferente, pero nunca tendrá la capacidad de contar por sí sola la historia completa de una persona.
Tal vez por eso, si pudiera volver a encontrarme con aquella estudiante que miraba con vergüenza su resultado en Ecuaciones Diferenciales, no le diría que no se preocupara ni le prometería que todo iba a salir bien, simplemente le recordaría que todavía le quedaba mucho por aprender, muchos errores por cometer y muchas oportunidades para volver a intentarlo, y que, por fortuna, ninguna de esas cosas tendría que vivirlas dentro de un clóset.




