El dron sobrevoló el árbol y los especialistas revisaron su tronco, su copa y el entorno inmediato. Ninguna de esas inspecciones permitió advertir que, dentro de una cavidad profunda, había dos currucutús recién nacidos. El nido solo apareció cuando comenzó la tala del pisquín ubicado en la avenida 34 con la loma de Los González.
Las labores previas no comenzaron el día en que llegaron las máquinas. Según explicó Fonvalmed a Vivir en El Poblado, el protocolo establece un monitoreo de la zona un mes antes de la intervención, con el propósito de buscar nidos, panales y madrigueras. Al menos una semana antes deben iniciarse las medidas directas de ahuyentamiento.
Esas acciones buscan que los animales capaces de movilizarse se desplacen voluntariamente hacia zonas verdes alejadas de la obra. Dependiendo de las condiciones, los profesionales pueden producir ruidos fuertes o frecuencias de ultrasonido, instalar siluetas de depredadores y utilizar pelotas de colores o globos. Solo después de que un biólogo libera y marca el árbol, la cuadrilla queda autorizada para intervenirlo.
El currucutú, sin embargo, plantea una dificultad adicional. Es una especie nocturna que durante el día suele permanecer oculta, por lo que no siempre resulta posible observar directamente a los adultos. En esos casos, las decisiones dependen de los refugios o rastros encontrados y de la experiencia del profesional encargado del monitoreo.
Fonvalmed reconoció que este tipo de procedimientos reduce los riesgos, pero no permite eliminarlos por completo. “Lastimosamente, no es técnicamente posible garantizar que un ave silvestre nunca abandone un nido cuando se realizan las actividades de ahuyentamiento”, respondió la entidad. Cuando aparece un nido que no fue identificado previamente, el procedimiento debe pasar de la prevención al salvamento.
Precisamente, eso fue lo que ocurrió durante la tala controlada. Al quedar expuesta la cavidad, el equipo detuvo las labores y bajó cuidadosamente la sección del árbol para inspeccionarla. En la oscuridad de la madera encontraron los dos polluelos recién nacidos, cubiertos todavía por plumón blanco y sin capacidad para desplazarse o alimentarse solos.
La decisión de parar la intervención no correspondía al operador de la maquinaria ni al contratista. Las talas son acompañadas por profesionales de las áreas forestal y biológica, y es el biólogo quien puede suspender el procedimiento, evaluar lo encontrado y definir si procede una reubicación o un rescate.
El protocolo establece que un animal sano y autónomo puede ser trasladado a una zona cercana, pero suficientemente alejada del frente de obra. Cuando está herido o todavía no puede movilizarse por sus propios medios, debe ser llevado a un centro de valoración veterinaria autorizado por la autoridad ambiental.
En Los González se estudió la situación de los currucutús, pero dejar el nido en otro árbol no se consideró una opción segura. Por su corta edad, los polluelos quedarían expuestos a la lluvia, los cambios de temperatura y los depredadores, sin certeza de que los adultos localizaran el nuevo refugio y continuaran alimentándolos.
“En estas condiciones, la reubicación del nido cerca del sitio no era una alternativa viable”, indicó Fonvalmed, pues existía “una alta probabilidad de mortalidad”. La prioridad dejó de ser conservarlos en el mismo territorio y pasó a garantizar que sobrevivieran las primeras semanas, la etapa de mayor vulnerabilidad.
Las crías fueron trasladadas al Parque de la Conservación, centro avalado por el Área Metropolitana del Valle de Aburrá para atender fauna silvestre. El primer examen clínico determinó que estaban sanas, luego ingresaron a una incubadora y comenzaron un proceso de alimentación asistida y vigilancia permanente.
Con el paso de los días abrieron los ojos, aumentaron de peso y empezaron a reemplazar el plumón por plumas. “Pasada esta etapa de neonatos, los individuos entran en una etapa infantil, donde abren los ojos y cambian el plumaje. Luego pasan a una etapa juvenil, en la que se cambia el recinto para que puedan volar y comportarse de manera natural”, explicó Mónica Montejo, médica veterinaria del Parque de la Conservación.
Por ahora, el futuro de las dos crías depende de que aprendan a valerse por sí mismas: volar, alimentarse y reaccionar como aves silvestres. Cuando estén listas, podrán regresar a un entorno natural. El árbol de Los González ya no está, pero la vida que permanecía escondida dentro de él sigue creciendo.




